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Relato sin título, y que no sé cuando escribí.

Él tenía la capacidad de amar.
Era alto pero pequeño. Danzaba al andar, con pequeños movimientos, aunque la mayoría de las veces nadie lo viera, invisible al ojo indiferente.
Tenía un sitio donde dormir, aunque le gustaba meterse en hogares destrozados, justo antes de que la batalla diera comienzo, escondido debajo del hueco de la escalera, sordo a los gritos como los niños que ya nunca nacerán.
Se sentía reforzado por las desgracias, aunque él nunca las hubiera conocido: por no tener nada, no tenía ni eso.
Él no sabía que ella estaba en algún lugar, ni que se encontrarían en el centro.


Ella tenía la capacidad de ser amada.
Apenas se movía de su sitio, incapaz de dar un paso tras otro. Nadie sabía muy bien cómo llegaba a los lugares donde la llamaban. De repente aparecía, como por arte de magia y desaparecía de la misma manera.
No tenía nada que perder, porque ya lo había perdido todo. Por eso había perdido el miedo, y vivía con la incertidumbre del futuro presente.
Ella no sabía que él estaba en algún lugar, pero lo vió bailando mientras andaba, con pequeños movimientos hasta acercarse hacia ella.


Él creyó que ella era ella.
Ella creyó él que era él.

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