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Vampiros cotidianos.

Al final parece que la música es la que está saliendo peor parada, o esa es mi impresión, en lo que respecta a los nuevos tiempos donde la tecnología impone una nueva manera de entenderlo todo, de encontrarnos con las rutinas diarias. Quizá se nos ha olvidado que la música necesita de varias escuchas, que un disco hay que madurarlo, que cuando el sonido es nuevo necesita de nuestra atención, de nuestro tiempo, al que le damos un valor diferente del que tenía antes. Ahora todo es inmediato, todo tiene que ser rápido, y no nos podemos permitir el lujo de escuchar en profundidad nada. Siempre hay que pasar a lo siguiente, al siguiente genio que en dos pistas nos enseñe qué hace, y ahí decidimos si seguir, o si pasar a otro. Me pregunto qué pasaría ahora con uno de mis discos favoritos, OK computer, que necesita varias escuchas para empezar a entenderlo, para empezar a disfrutarlo. O otros muchos discos.

Me pregunto si no estamos dando de lado inconscientemente a gente con talento.

Escucho con muchas ganas el último disco de Sufjan Stevens, Carrel and Lowell. Quizá porque ya ronda desde hace muchas semanas el pensamiento de la inmediatez, el de la vida rápida, me centro más en la escucha del disco. Lo hago con más atención. Lo mastico poco a poco, sin prisas, sin agobios, escuchando por el placer de escuchar. Me encuentro sus letras, y las empiezo a traducir, adentrándome en una ceremonia que hacía mucho tiempo que no practicaba, y que es enriquecedora, pero de la que muchas veces huyo, quizá la pereza es culpable, quizá el que haya una película esperándome o una nueva serie. Recuerdo también como el anterior disco de Sufjan Stevens, The Age of Adz, no me gustó mucho y cambié de opinión cuando lo disfruté en concierto. Hago aún más hincapié en el disco y es casi lo único que escucho: cuando voy en el coche, cuando voy a nadar, cuando salgo por la calle, como si al centrar mi vida en el disco pudiera tener aún más sentido, y así poder espiar la culpa de los discos a los que no les he prestado la atención que merecían.

Quizá por ese azar de la inmediatez en la que fijo el pensamiento, o simplemente porque se ha estrenado hace poco, veo la última película de Jim Jarmusch, Sólo los amantes sobreviven, que me sorprende muy gratamente. En la película dos vampiros viven a través de los siglos como melómanos musicales. Amigos de grandes artistas, mucho de ellos también vampiros, van pasando siglo tras siglo alimentándose con lo mejor que el arte va dejando, siendo testigos del mismo, disfrutando sin prisas de todo lo que vendrá, sin la ansiedad quizá que todos tenemos alguna vez de no poder leer, o ver, o escuchar todo lo que hay cerca de nosotros. Y sin embargo, aunque parece que la música es lo más importante para ellos, finalmente no pueden escapar a su destino que es el de beber sangre, el de alimentarse con lo único que de verdad les va a dejar seguir viviendo.

Me pregunto cómo sería mi vida sin música, o sin películas. Sin libros. Y sinceramente no soy capaz de imaginarla, porque aunque pudiera seguir viviendo perdería parte de su valor, del aliciente de seguir aquí, en un mundo sin muchos sentidos. Es verdad que cada uno busca lo que lo enriquece,  y que aunque yo no entienda muchos hobbies, tengo que respetarlos, si bien es cierto que la música, el cine, el arte, me parece fundamental para la creación del ser humano, para ser crítico con la época en la que se vive, para mirar la realidad con perspectiva.


No voy a ser pesimista para acabar esta entrada sobre la inmediatez, y voy a creer que quizá estos últimos años están siendo difíciles en lo que a música se refiere. Así que la dejo aquí, ya que aunque no somos vampiros, todavía nos quedan muchos años para disfrutar de la música que vendrá, y para, al igual que ellos, tener la capacidad de saber qué es bueno, y qué es malo, y disfrutar con el proceso que conlleva la ceremonia de poner un disco en el tocadiscos, sentarse en el sofá, esperar, y no hacer nada más que escuchar lo que otros se han preocupado en crear.

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