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La mayoría inadecuada

Leo, todavía le doy vueltas al porqué, Hombres Buenos, última novela de Arturo Pérez Reverte. La novela, que es amable, y que se lee con facilidad, aporta más bien poco al mundo de Perez Reverte, que por otra parte, me parece un universo agotado hace mucho tiempo, o desde luego, con muy pocas sorpresas. Todavía me da la impresión de que no ha cambiado de rumbo en su literatura, y que se ha acomodado en un estilo que es definido, propio, y que le funciona, pero que a mí dejó de interesar hace mucho tiempo. Por eso me pregunto qué hago leyendo el libro de Pérez Reverte. Sin duda, he seguido la propuesta que me hizo el azar, ya que…me lo encontré. Así sin más. Me pongo novelesco y pienso que podría ser el principio de un relato, o qué sé yo…que al leerlo hubiera encontrado la respuesta a una pregunta, o al revés, que la novela me hubiera planteado alguna. Qué decepción al no encontrar nada de eso, y que la novela sea simplemente eso, un libro más. 

O quizá no, y me lleve a algún lugar que no espero

Como me suele costar bastante abandonar un libro, que como ya he dicho, es amable, le intento encontrar algún aliciente que me ayude a avanzar, o que al menos, me entren ganas de leer de nuevo. Me gusta la forma en que Reverte habla de los personajes, cómo los define, cómo los viste, cómo los sitúa en los escenarios,  cómo al hacerlo, en mi caso, fomenta la imaginación, una imaginación extraña que quizá se sale de la norma, o que no es una norma en mí. La primera parte de la novela transcurre en Madrid, en la Academia de la lengua, lugar que no conozco, y que por lo tanto, tengo que construir con las palabras del escritor. Y lo hago, pero no es la imagen de una academia ficticia, o una imagen que pueda ser parecida a la que propone Reverte; yo no soy capaz de construir eso: me imagino la academia como el Casino Primitivo de Martos, el que se encuentra en la Fuente Nueva. No sé muy bien por qué es. Quizá la imagen del Casino, la que mi memoria atesora,  ha sido siempre la de ver a los hombres, solos, bebiendo o leyendo, fumando en esas grandes salas de madera barnizada donde las mujeres no podían entrar, imagen que me resulta familiar a lo que habla Reverte sobre la academia. Uno nunca sabe lo que las palabras de otro pueden influir en uno. 

O a donde le pueden llevar. 

Cuando era pequeño iba casi a diario al Casino Primitivo. Mi abuelo, que era socio, subía andando  desde su casa, que estaba cerca de la mía, y al acabar el rato de charla con los amigos, o de ver el fútbol, mi padre lo traía a casa. Se quedaba a cenar, y a protestar ya que no podía ver el segundo tiempo del partido. Mi padre tenía que explicarle que lo echaban en el Canal plus, y que nosotros no estábamos abonados. Mientras mi padre aparcaba el coche en la Fuente Nueva, yo tenía que subir a la segunda planta del Casino para avisar a mi abuelo; siempre temía que alguien me parara mientras subía esas grandes escaleras “niño donde vas pa arriba”, - a buscar a mi abuelo, era la respuesta que ya tenía preparada. Entraba en un salón donde siempre había tres o cuatro hombres que hablaban entre ellos, a veces discutían, y otras simplemente miraban la televisión o el periódico. Allí está tu abuelo, me solían decir. Yo lo besaba, no recuerdo su olor, aunque casi siempre me daba un caramelo pictolin, o de anís, y le decía que lo esperábamos abajo. Él siempre tardaba un poco; quizá se despedía de sus amigos, o puede que la edad lo demoraba mientras bajaba las escaleras. Escaleras que ya creo que han sido remodeladas, al igual que el salón de abajo, donde siempre me asomaba para ver si pasaba algo, y el cual nunca vi con gente.

Miro en internet una foto del Casino Primitivo y no encuentro ninguna, solo fotografías de la reciente remodelación del mismo, un lavado de cara que se parece a todos los bares y gastrobares que están abriendo en todos lados, y que, desafortunadamente son fotocopias sin personalidad. Me pregunto si ese patrimonio se puede defender desde las administraciones: bien es cierto que el Casino Primitivo es una entidad privada, y que son los socios los que deciden qué hacer con él, pero también es cierto que formaba ya parte de la memoria de la ciudad, de su patrimonio, y que ahora se ha perdido un sitio que, aunque no conoce mucha gente, tiene elementos que lo hacían único, y especial. 

Por otro lado, y siguiendo con lo mismo, me sorprendo cómo en Martos la gente empieza a reunirse para la rehabilitación del Castillo de la Peña. ¿Rehabilitación? Si acaso, lo que habría sería que proteger los restos, asentar lo poco que queda para que no se pierda; la rehabilitación se podría haber hecho cuando el Castillo empezó a caerse, pero eso, me temo, fue hace bastantes siglos. Y sin embargo, ahí están los grupos que creen que es fundamental esa rehabilitación, y gritan, y hacen que los políticos se planteen ese tipo de idea, porque, al fin y al cabo, es una mayoría la que lo pide, y las mayorías dan votos. 

Y sin embargo, esas mayorías, desde hace muchos años, han ido abandonado el casco histórico, sin darle valor. Sin volver a él como en muchas ciudades españolas ha pasado. Han ido dejando que las casas se cayeran, o han ido rehabilitándolas de manera inadecuada. Han ido dejando que las aceras se modernizaran, y las calzadas se asfaltaran, o que las farolas se cambiaran, que el mobiliario se reciclara, y el pasado se perdiera. Han ido creyendo que la rehabilitación era un maquillaje para que todo fuera más moderno, sin darse cuenta, o sin saber, que el alma de las ciudades, de los pueblos, se pierde cuando se deja al azar de la mayoría, cuando se ningunea a los que realmente deberían de opinar. Y lo peor, estoy seguro, es que dentro de cincuenta años habrá gente que diga que todo se ha echado a perder, y que debería haber una rehabilitación, como la del Castillo. 

Y puede que de nada sirva enfadarse. No sólo pasa en nuestro pueblo. Yo vivo en Granada y parte de sus calles, y de su historia también se ha perdido para que la ciudad parezca más moderna, para que el ciudadano crea que se están haciendo cosas con sus dineros. 

Solo me queda el consuelo de imaginar, de recordar lo que una vez viví, lo que vi; también espero que las nuevas generaciones sepan qué es recordar el pasado, y no lo maltraten tanto como las actuales lo estamos haciendo. 

Siempre es mejor esperar al futuro, aunque sea en un presente donde las mayorías deciden de manera inadecuada. 




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