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El dios equivocado.

De lo que fue, y ya poco queda.
Hace unas semanas estreno con mi grupo de Teatro de Pulianas “Los Figurantes” de Sanchis Sinisterra, texto que no es complicado, pero sí complejo para todos aquellos no están acostumbrados a una ficción algo más elaborada. Lo explico un poco para los que no han leído ni visto la obra lo entiendan. Los Figurantes habla sobre un grupo de actores y actrices, de figurantes en un gran montaje, que deciden tomar el protagonismo y desterrar a los protagonistas, encerrandolos en el sótano del teatro donde esa misma noche se va a representar la obra. El público ya ha llegado y ahora tienen que entretener a todos los que han pagado su entrada. Hasta aquí, más o menos normal; diálogos divertidos, y risas más o menos fáciles. El problema, y la complejidad (que tampoco es tal) llega en el segundo acto cuando los Figurantes son conscientes de que no son responsables de sus palabras ni de sus actos, y de que alguien, un autor, escribe lo que ellos dicen, aunque ellos no quieran; en el fondo, la revolución no tiene ningún sentido, porque nadie es dueño de lo que dice, por mucho que crea que sí. Aquí ya la cosa tiene algo más de complejidad.

La única representación ha sido en Pulianas, y el público, como imagino que en cualquier sitio, se divide entre los que les gusta, no la entienden, o no les gusta. No me preocupa ninguno de los grupos del me gusta, o no les gusta, pero sí que presto más atención en los que dicen que no la entienden. No es un texto complicado, y el dramaturgo lo hace muy sencillo para que, aunque el conjunto sea difícil, ningún espectador se vaya con la impresión de haber visto una obra de arte y ensayo. Cosa que no es. Así que pienso, que quizá, el público esté poco acostumbrado: quizá la Ficción está perdiendo un terreno de experimentación en la que, por lo que parece, dentro de unos años, será imposible caminar. Me doy cuenta también, aunque es guión aparte, o me entristece, lo efímero del teatro aficionado, y que en pocos meses todo es un fue, y ya poco queda.

Aún así merece la pena contar.
Este año mi película favorita y mi serie favorita, por quizá razones diferentes, o no, están teniendo también una controversia que no sé cómo explicar. Mi película favorita es Boyhood, de Richard Linklater, película aparentemente sencilla, apenas tiene conflictos, pero que a medida que avanza se va convirtiendo en algo grande, en una nueva manera de hacer cine, en una joya rara y sin duda, única.  Linklater ha hecho quizá lo que nunca hará ningún cineasta, ha rodado la vida, ha rodado el crecimiento de un ser humano, la formación del mismo, sus miedos, sus deseos, su personalidad, y con algo tan sencillo como el paso del tiempo, ha creado una obra de arte que, me temo no se ha entendido demasiado bien, o sí. La crítica ha encumbrado a la película, pero el público se encuentra algo más dividido. Por supuesto  hay gente como yo que la adora, pero también hay mucha gente con criterio artístico que le parece una tomadura de pelo. Y si duda, este público no es el mismo del que hablo yo en la obra de Pulianas, la complejidad para explicarlo es aún mayor, o quizá todo es más simple: hay cosas que gustan, y otra que no. Y aún así, merece la pena contar.


El dios del que crea.
La tercera cosa de la que quiero hablar es de Trasnparent, serie de Amazon, que incluso ha ganado el Globo de Oro, pero que sin embargo nadie está viendo. Y no, no es una serie difícil, ni tampoco tiene un fondo complicado, y además es fácil de ver. Simplemente parece que no mucha gente está conectando con ella: puede que sea por su temática, o qué sé yo. Sin duda es una serie que merece recorrido y público, aunque me temo que no tendrá ninguno de los dos.

Y después de esto, no hay conclusiones, porque ni yo mismo las sé. Seguramente que el público se comporta muchas veces de manera arbitraria, y caprichosa, o que las modas rigen muchas de las veces lo que la mayoría cree que es bueno. O puede que el error sea del que le da una entidad al público como si creyera saber sus preferencias. Y es que si hay algo que el tiempo nos enseña es lo efímero de los éxitos, y como películas emcubradas pierden su lustre con los años, y otras denostadas encuentran su lugar en el presente, y no en su pasado cuando tuvieron que tener éxito. No sé qué pasará con los años con Boyhood y con Trasnparent, pero sí que hay que aprender una frase y decirla como mantra cuando se está creando: El público también se equivoca, pese a ser el dios del que crea.

Esto sí que es complicado, y complejo.

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