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Las medias naranjas.

Os dejo relato que he escrito para Aldaba. La verdad, es que ha pasado algún año desde que lo escribí, y recordé, que le hice alguna corrección después de enviarlo a la Revista. Así que, es otra versión diferente. No sé si mejor o peor. Espero que os guste.




Las medias naranjas

1
Carlos y Marta se conocieron en el gimnasio. Él era alto y rubio, delgado y con pose aristocrática, anticuada en comparación con Marta, que vestía con mayas de colores y con la apariencia de quien ha venido al mundo para destacar. Los dos se cayeron bien, y de vez en cuando sus miradas se encontraban en mitad de un recinto lleno de luz y de espejos.
Carlos estaba casado. Su mujer, Laura, estaba de nuevo embarazada y Carlos, que no aguantaba su humor durante el embarazo, había decidido apuntarse al gimnasio durante al menos, los primeros meses de embarazo. Carlos creía que su matrimonio era feliz.

Marta estaba preparando su boda con Marcos, un chico guapo que conoció el último año de carrera. En los planes de Marta nunca había estado el hecho de casarse, pero a Marcos lo iban a trasladar fuera del país, y no había muchas más salidas: o se casaban y se iban a vivir juntos, o llegaría la separación; decidieron lo primero.

Carlos y Marta se veían a escondidas justo después de acabar sus entrenamientos. Al principio fueron encuentros fortuitos dentro del coche de Carlos, pero pronto se fueron a un antiguo piso en la periferia que los padres de Carlos habían comprado y alquilado durante años, y que ahora permanecía vacío.

Carlos y Marta hablaban después del sexo y se reían de cómo habían podido conocerse ahora que sus vidas ya habían empezado.

Dos medias naranjas que nunca serían una entera.

Lo que fue sólo una aventura con un fin cercano se hizo visible al mundo. Laura, la mujer de Carlos, acostumbraba a llevar trastos al piso de sus suegros, descubrió la aventura de su marido y puso fin a su matrimonio. También se encargó en averiguar la vida de Marta e informar a su novio.
En el divorcio, Laura se quedó con todo. La casa y los niños; el poco dinero y propiedades que durante años habían adquirido en el matrimonio. A Marta todo le resultó más fácil; la boda se suspendió y Carlos, que antes de despedirse le dijo que la quería, se fue a trabajar al extranjero.
Empezaron a vivir juntos al poco tiempo. Finalmente la vida se las apañó para que fueran medias naranjas. El apartamento donde empezaron a verse les acogió para vivir, aunque por ahora una boda era algo apresurado y decidieron que mejor el tiempo decidiera.


Dos desconocidos que vivían juntos.

Uno se acostumbra pronto a una nueva pareja, y al mismo tiempo que el amor va surgiendo, el odio por la anterior empieza a cimentarse como nunca se creyó. Los besos y las caricias que se daban al despertar son los mismos besos y las mismas caricias que se dan cuando el cuerpo, y los ojos han cambiado. Sin embargo, el odio siempre tiene el mismo color, el mismo sonido, y lo único que hace es alimentarse con más odio, sin salida donde expulsarlo.

Carlos y Marta era felices, porque la vida les hacía tener un objetivo común, vivir juntos cuando el mundo los había desechado.

2

Carlos creyó que la mano de su mujer estaba detrás de su despido. En el colegio privado donde trabajaba se lo comunicaron por carta, alegando problemas económicos. Carlos se hundió porque no era el mejor momento para buscar otro trabajo. Fue Marta la que le animó y le dijo que contara con ella económicamente. Marta trabajaba como diseñadora gráfica y no le faltaba el trabajo. Mientras Carlos estuvo sin trabajo, al contrario de lo que pudiera parecer, la relación se afianzó. Quizá la lucha les hizo creer que estaban enamorados.

Lo cierto es que Carlos creyó que estaba enamorado de Marta.
Lo cierto es que Marta creyó estar enamorada de Carlos.

Carlos encontró trabajo en una academia el mismo día en que a Marta le diagnosticaron un cáncer de ovarios. Ambos asumieron la desgracia con valentía, y Marta empezó con el tratamiento del cáncer de la mano de Carlos, que la acompañó siempre y le sostuvo la mano en los peores momentos. En los más duros momentos.

Después de dos años en los que continuaban viviendo juntos a Marta le dieron el alta: totalmente recuperada. No podrían tener hijos ya que el cáncer había acabado con sus ovarios. Para Marta fue un gran drama. Para Carlos, que ya tenía dos hijos, lo fue menos.

Los siguientes años pasaron rápido. Se casaron dadas las situaciones por las que habían pasado y se compraron una casa a las afueras de la ciudad. Marta cada día viajaba más y Carlos seguía de academia en academia, malviviendo entre trabajos que no lo valoraban.

Sin embargo ambos pensaban que era la mejor relación que podrían mantener. Eran tan parecidos en el carácter y se peleaban tan poco, que se acostumbraron el uno al otro como uno se acostumbra a tener siempre a un animal de compañía a su lado. Se acostumbraron a adaptar el ocio común. Carlos ya no recordaba si le gustaba tanto el cine antes de conocer a Marta, o si había sido Marta la que había conseguido que se aficionase. Marta no sabía muy si antes de conocer a Carlos le gustaban tanto los conciertos, pero desde luego, ahora, casi cada semana, buscaba en el periódico si alguno de sus grupos favoritos tocaba en su ciudad.
La vida de Carlos y Marta era perfecta, porque la felicidad es rara compañía cuando no se piensa en ella.

3
La vida siguió porque la vida siempre sigue.

Después de un viaje de Marta a Londres, Carlos estaba esperando en casa. Tenía los ojos
rojos, y cara de haber llorado; le pidió a Marta que se sentara. Había decidido dejarla e irse a vivir de nuevo al antiguo piso de sus padres donde empezó su relación. Carlos no le dio ninguna razón. Simplemente le dijo que no estaba enamorado de ella. Marta en principio no entendió porque la dejaba, pero no puso ninguna objeción.

Marta nunca había estado enamorada de Carlos.
Carlos nunca había estado enamorada de Marta.

Carlos y Marta no se volvieron a ver más. Ambos empezaron nuevas relaciones olvidando diez años de una vida que parecía que les había marcado el destino de manera macabra, sin saber cómo habían llegado allí.

La vida de Carlos no cambió mucho después de que se fuera a vivir solo. De vez en cuando conocía a alguna mujer y se acostaba con ella. Ya nada le recordaba a Marta. Tampoco a su mujer. Seguía malviviendo en academias. Y viviendo sólo. Parecía como si la vida le hubiera relegado a una soledad que en el fondo no quería vivir. Pensaba, que al menos cuando vivía con Marta podía compartir la música, y las películas. A veces fantaseaba con llamarla para ver cómo estaba. Tantear el terreno para hacer posible una vuelta que no sabía si sería posible. Un día, mientras Carlos compraba en el supermercado vio a Marta de la mano de otro chico. Estaban en actitud cariñosa, y Carlos creyó que Marta había encontrado el amor. Era una sensación de envidia y al mismo tiempo de amor que no supo cómo gestionar en ese momento.

Nunca volvió a fantasear con la idea de volver con ella.

Marta siguió viviendo en el mismo apartamento donde vivió con Carlos. Echaba de menos las charlas los sábados por la mañana, y el café y el pan recién hecho. Echaba de menos mirar mientras Carlos dormía, y el beso de despedida que le daba antes de marcharse. Echaba de menos las comida con los amigos, y las cenas en restaurantes por descubrir. Echaba de menos las caricias, y los mimos, y el sexo. Echaba de menos una relación pero no echaba de menos que fuera con Carlos. Carlos estaba en su cabeza, pero no en su corazón.

Al poco tiempo de que Carlos se fuese Marta volvió a tener cáncer. Se asustó y se hizo fuerte porque sabía que lo viviría en soledad. No fue así. Marta se encontró con Juan, un amigo de la infancia que trabajaba como enfermero en el hospital donde se curaba de la enfermedad. Se ofreció a vivir con ella, y estar en los últimos meses de la enfermedad, que se había vuelto irreversible. Marta pensó muchas veces en llamar a Carlos y contarle que estaba enferma de nuevo. Nunca lo hizo. Creyó verlo un día en un supermercado. Estaba desaliñado y había envejecido. Apenas quedaba nada del Carlos que ella recordaba. Marta tuvo un sentimiento raro al ver a Carlos: la pena y la alegría de saber que seguía por el mundo la hicieron llorar.

Marta nunca volvió a pensar en Carlos como una pareja.
Marta y Carlos nunca volvieron a verse, y sus mitades nunca volvieron a ser una.

Amador Aranda Gallardo

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