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La mala suerte.


De repente, el guardabarros de un camión, o de algún coche que no vi se abalanzó sobre mi coche y pasó, por desgracia o afortunadamente, debajo de las ruedas del mismo. No pasó nada en principio, o eso creí, sin embargo desde ese día la mala suerte ha empezado a acompañarme. Juicios, enfermedades, y golpes extraños del destino que espero que pronto acaben, pero que con los días, se convierte en un circulo vicioso sin sentido del que parece que no habrá salida. 

Pero todo acaba siempre, lo sé, por mucho que la salida se vea lejana. 

La mala suerte, y la buena siempre han existido. Y todos hemos pasado buenas rachas en la vida y malas, siendo las segundas las que más nos afectan pese a ser las primeras las que siempre pedimos. La mala suerte se alimenta de inseguridades, y de negatividad, y eso la hace ser más dura, y más compleja, y dolorosa si se quiere. 

Si creyera en alguna religión seguramente podría refugiarme en ella, o rezar al dios de turno de la misma, pero la elección vital de no creer que el azar está escrito por un ser superior me hace quitarle hierro a un asunto que sé que es pasajero y que, también pasará. Todo pasa, pese a la presión del presente. 

Y en ese momento de “lucidez” poco religiosa, me encuentro con la religión, que desde hace un tiempo siempre he pensado que es un peso sin sentido para el crecimiento de las sociedades, una losa que ademas se confunde con la cultura, y le da un sitio que no le corresponde. Me encuentro de nuevo con José Antonio Marina, que en su libro, Pequeño tratado de los grandes vicios, habla de como la religión en principio también nos sacó de nuestra parte más animal; digamos que Marina plantea que la religión fue una manera de educarnos hacia un ser humano mejor; claro está, que ahora ya eso ha perdido su sentido, y la religión resulta un freno para ese ser humano, para su realización y avance social. 

Y sin embargo nuestra sociedad, la Española, vive un renacimiento religioso, quizá ésta crisis a la iglesia le está viniendo la mar de bien, ya que en momentos de sufrimiento la religión es un refugio para culpar a un dios que no se conoce, pero con el que se justifican los castigos, y la mala suerte que se ceba con nosotros. Además, la religión en un alarde de inteligencia, también ha dejado de tener ideología, y acoge a políticos de todo signo, y claro está, a sus votantes. Acercarse a la religión, a las iglesias, y a los actos religiosos se ha vuelto un acto cultural, y se presume de los pregones en grandes teatros y se organizan actos con gran parafernalia como si fueran de estado. También los colegios laicos han abrazado la religión, y poco antes de Semana Santa se organizan actividades en la calle, quizá con ingenuidad por parte de los docentes, pero la religión no debería estar presente en este tipo de colegios, en esa educación que quizá muchos padres han elegido en consecuencia para sus hijos. En la sociedad que vivimos, donde se sabe que la cultura es algo bueno para alimentar el espíritu, ésta, al no saber cómo gestionarla, está empezando a perder su sitio por una cultura de la religión, más populista, y más fácil de digerir. A la verdadera cultura hay que prestarle más atención, y en la sociedad que vivimos la superficie es más fácil de tragar, y siempre, más fácil de comprender. 

Y aunque espero que todo cambie, sé que no cambiará, y que España seguirá siendo un país profundamente religioso. En eso tengo la misma certeza que puedo tener en que mi mala suerte también cambiará. Por encima de cualquier religión. 

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