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El incidente con el tranvía


El incidente con el tranvía

El tranvía camina por la Alfama con la comodidad que ofrece el deslizarse sobre railes. Decadente e imponente, siempre atado a la catenaria que lo guía, alimenta y lo aprisiona en su cárcel de repetición, el tranvía deja ver por sus ventanas las calles vacías por el mal tiempo, las ventanas cerradas a cal y canto, y las aceras mojadas por la lluvia que guardaban la esperanza de secarse en pocas horas y dejar ver una Lisboa más luminosa y más viva que la que ahora pasean los turistas y habitantes de la ciudad.

Lisboa es el tranvía y el tranvía es Lisboa.

A punto de llegar a la Iglesia de San Vicente, el tranvía que vive ajeno al mundo y a sus ocupantes, la mayoría de ellos turistas que cogen el 28 para ver de un plumazo media ciudad, se detiene sobresaltado, casi se diría que de manera humana si esto fuera posible, al ver un segundo tranvía que en una pendiente descansa entre las voces y gritos de los ocupantes y los vecinos, de las voces y de los gritos de la conductora del tranvía que está a punto de sufrir un ataque de nervios, y sobretodo, de las voces y de los gritos de la señora propietaria del banquito, culpable y protagonista de este relato de no ficción, y a la vez, ficcionado.

La señora propietaria del banquito viste una camiseta desgastada y un pantalón vaquero. Diríamos, si no fuera políticamente incorrecto el sobrenombre, que tiene pinta de... También tiene el pelo negro y rizado y sobrepasa la cincuentena; con cara de pocos amigos, el carácter se le ha tornado maleducado y hostil, y seguramente la haya hecho envejecer más deprisa. Desde la puerta de su casa mira la escena con insolencia, atenta a los comentarios de los vecinos que a media voz cuchichean; ella que sabe que es la culpable de que el tranvía esté atrapado entre un coche y el banquito, y la valla, apenas mueve un pelo para arreglar la situación que ha provocado, al menos en parte.

No hay historia sin un comienzo.

Un día, la señora propietaria del banquito, la del sobrenombre políticamente incorrecto, quizá harta de que los coches le aparcaran en la puerta de su casa, o quizá para poder ella aparcar su coche, o simplemente, para tener más visibilidad de lo que ocurre fuera desde su puertezuela abierta, ( no sé si el lector sabe de la existencia de las puertas portuguesas, que dando a la calle, abren una pequeña ventanita a modo de tienda, donde los inquilinos de los inmuebles recogen el pan, el periódico, o simplemente, ven la vida pasar sin moverse de su casa sentados en una silla) decidió comprar un pequeño banquito de madera y con unos alambres, cuerdas, y cadenas, atarlo a una valla y hacer que la calle, de por sí estrecha, se volviera aún más y no permitiera a ningún coche siquiera, el placer, o la dicha, o la urgencia de parar más de un minuto. Y menos aparcar.

Y así lo hizo. Y así pasó. Un coche aparcó en su puerta al lado de su banquito,  y ahora no sabe cómo resolver el entuerto. (¿de dónde vendrá la palabra entuerto?...lo dejó ahí, como pregunta sin respuesta.)

El caos empezaba a reinar en la calle, y no se sabía si era más caos o más fiesta dada la expectación con la que disfrutábamos la escena: a los dos tranvías que había se les unía sin remedio un tercero y un cuarto, cada uno detrás de los dos primeros, y a cada tranvía, más gente que se bajaba de los mismos y que iba siendo testigo del acontecimiento, que no tengo ninguna duda, fue el más interesante del día en Lisboa.  

Recapitulemos: cuatro tranvías, unos ochenta turistas que se habían bajado de los respectivos tranvías, con sus respectivas cámaras de fotos, vecinos y vecinas, portugueses y portuguesas, y una señora de unos cincuenta años con un sobrenombre políticamente incorrecto.

Y hasta aquí, todo era más o menos tranquilo.

Con dos dedos de frente más que la mayoría que sólo mirábamos sin hacer nada, un muchacho, moreno y alto, delgado y portugués, se abría paso para con sus fuertes manos quitar el alambre y con sus piernas golpear el banquito para así intentar desunirlo de la valla, razón por la que el tranvía seguía atorado obstaculizando el tráfico, y dando un espectáculo, cuanto menos, curioso. No tuvo que hacer muchos esfuerzos el muchacho antes de que la señora con sobrenombre políticamente incorrecto saliera corriendo, bastón en mano, y le diera un gran bastonazo en la espalda, y otro en los dedos con los que el muchacho intentaba quitar los alambres, dedos que al rato empezaron a sangrar, ya no se sabe si bien por culpa del bastonazo, o quizá por el impacto del bastón con el alambre, oxidado y viejo.

Un vecino que veía la escena desde el principio, empezó a vocear a la señora de sobrenombre políticamente incorrecto, que hacía caso omiso a lo que, según parecían eran insultos en portugués. Otra vecina, más joven, viendo cómo la señora de sobrenombre políticamente incorrecto se distraía, intentó quitarle el bastón, arma que sin duda la hacía más poderosa de lo que era, a lo que la señora de sobrenombre políticamente incorrecto respondió con un empujón que hizo caer al suelo mojado a la muchacha, entre los gritos de los turistas y vecinos. (no se hizo daño, según comentó)

Cansada y enfadada, la señora de sobrenombre políticamente incorrecto se aferró a su banquito y en lo que parecía un portugués perfecto, dijo que eso no lo movía nadie o que sí lo hacían, sería por encima de su cadáver (escribo por sentido común, y el sentido común dice que dijo eso)

¿Era quizá la señora con sobrenombre políticamente incorrecto la que provocaría el mayor caos en Lisboa haciendo que todos los tranvías llegarán allí y se fueran apilando, quedando atrapados para siempre y provocando el caos y la destrucción en pocas horas, caos que se trasladaría a todo el país, contaminando a su paso a los países vecinos hasta el fin de la humanidad conocida? ¿O simplemente cedería por fin después de que sus vecinos la hicieran razonar con las mejores palabras, y le prometieran otro banquito nuevo, y ya por fin, los tranvías volvieran a circular por Lisboa con un orden establecido año tras año, desde hace muchos años? ¿O puede que, algún vecino, en un arranque de odio acumulado por los años, le quitara el bastón a la señora y se ensañara con ella hasta dejarla inconsciente y por fin quitara el banco y los tranvías quedaran liberados? O simplemente, puede que por fin llegara la policía (¿que donde estaba?) y pusiera orden en la situación obligando a quitar el dichoso banquito.

Debió de ser una de éstas opciones, ya que, desesperados con las señora, muchos de los que nos encontrábamos allí decidimos irnos a pasear y a ver Lisboa, que por fin empezaba a sentirse luminosa. Y no sabemos qué pasó con el muchacho joven y con su mano sangrante. Ni tampoco con el vecino que con paciencia intentaba convencer a la señora. Y mucho menos, qué pasaría con la señora con sobrenombre políticamente incorrecto. Sólo sabemos que bajando de nuevo al centro de Lisboa, un 28 pasó por nuestro lado, y luego, otro 28, y después otro.

Sin más.

Y el orden, y Lisboa, y el tranvía, volvieron a iluminar la ciudad en un orden que sólo entienden los Lisboetas, la misma ciudad, y los turistas que se dejan abrazar por la ciudad aunque sólo sea por un par de semanas.


Amador Aranda


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