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Lisboa Tercer asalto (segunda parte y k.o.)


Imagino que es normal sentirse nervioso el día de un estreno, por muchas veces que se haya subido uno a un escenario, o en mi caso, esté detrás dirigiendo. Y sí, los nervios son buenos porque dan significado al trabajo realizado, y esos nervios son los mejores amigos de, seguramente, un trabajo bien hecho. O quizá, son simplemente, nervios. 

Rosana y Piedad entran a escena con la música de Bizet sonando. Alegres y contentas. Es verdad que durante la semana de trabajo anterior a nuestro estreno portugues la obra ha abierto caminos y tanto Rosana como Piedad han crecido en sus personajes y también como actrices. 

Y la obra funciona o mejor dicho, sigue funcionando porque el público se ríe cuando se tiene que reír y llora cuando tiene que llorar, y sobretodo, se le pasa la representación volando, cosa que agradecemos que nos digan, porque quiere decir que el ritmo se ha conseguido. 

Viva Martos dice alguien entre el público antes de que con unas palabras Piedad nos haga soltar una lágrima. 

Lisboa, ya algo más tranquilos, nos sigue recibiendo cada día, cada noche en la que descubrimos una fachada que nos gusta, o una calle que nos asombra, o quizá, una persona que nos sorprende con su amabilidad, o simplemente, es que Lisboa nos quiere cegar con las emociones que nos hace vivir casi a cada momento. No hay nada mejor que disfrutar una ciudad de la que te sientes querido sin apenas hacer nada. No hay nada como salir de la ciudad propia para querer a las demás. No hay nada también como volver a casa, pero para eso, hay que mirar lo que existe fuera, lo que nos ofrece la vida más allá de nuestras apacibles paredes. 

Llegan nuestros amigos y parejas. Inma, Emilio, María, Raúl, Yolanda, y José y Nacho nos acompañan en nuestra pequeña vida Lisboeta de la que Rosana y yo ya somos dueños. Y como si ya fuéramos ciudadanos portugueses les vamos enseñando qué nos ha ofrecido la ciudad. Los llevamos a la Casa de Indias, o los montamos en el Tranvía 28 para que se sientan turistas y a la vez ciudadanos portugueses. 

Los días pasan y las obra va llegando a su fin de representaciones, en un día lluvioso de Domingo acaba nuestro menú del día portugues. 

Y nos llevamos unos recuerdos generosos. Y nos llevamos una experiencia que no se sabe porqué nos toca vivir en un momento en que necesitamos vivirla. Y nos llevamos a Lisboa, un poco, con nosotros, en una furgoneta cargada de una escenografía blanca. Lisboa nos despide, y Rosana me da la mano, miramos el puente, la ciudad que queda a nuestra espalda, con un espléndido sol, una despedida de luz que le ha faltado a la ciudad en nuestra estancia. Rosana coge mi iphone y pone Let Down de Radiohead. Me coge de la mano, me mira a los ojos, casi llorando y me dice. 

-Graba en la memoria el momento. 

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