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Lisboa (Tercer asalto) primera parte


Lisboa nos recibe de nuevo. Conduzco una furgoneta alquilada que contiene la escenografía, y nuestro equipaje, y sobretodo los nervios con los que Rosana y yo vamos entrando en la ciudad. Una ciudad que ya no resulta ajena y a la que saludamos como a un amigo al que no hace tanto tiempo que visitamos y disfrutamos.

Y al que deseábamos con muchas ganas volver a ver.

Lisboa es una ciudad calmada. Los lisboetas lo son. Conduzco por Lisboa con calma. Aunque los lisboetas, por lo general, conducen bastante mal, no se escucha en la ciudad bocinas o gritos, y no se ve el estrés que casi todos los españoles padecen al volante. Hay una paciencia casi infinita para el conductor que no conoce la ciudad. Sin embargo, y pese a la paciencia, mi entrada en el Barrio Alto donde tenemos que dejar la escenografía no fue en absoluto modélica. Los coche aparcados a ambos lados de la carretera me impedían cualquier maniobra en el aparcamiento y me es imposible meter la furgoneta en un reservado para el teatro. Casi una hora después de que la desesperación me agotara la cabeza, conseguí aparcar la furgoneta.

Qué mal empezar mal, y qué bien, que fuera lo único.

Piedad y Luís nos reciben como Lisboa. Con besos y abrazos, y con la sensación de que nos vimos ayer y que el hoy es siempre un presente perfecto.

Nos recibe también nuestro hotel, o hostel, o hostal. Un sitio muy bonito, barato y cuidado, al que le sacaremos también alguna que otra bonita experiencia.

Ensayamos. Comemos. Ensayamos. Comemos. Salimos y dormimos.

Menú del día se convierte en un trabajo en que tanto Piedad, como Rosana y yo mismo creemos, y por lo tanto el trabajo hace que avance, y que cada frase, cada secuencia, cada escena, tenga un sentido perfecto para que el espectador no se aburra ni un solo momento.

Entre ensayo y ensayo Piedad y Luís nos descubren sitios para comer y disfrutamos aún más sintiéndonos parte por unas semanas de una ciudad que ya de por sí adoramos incondicionalmente. La casa de Indias se convierte en un refugio donde disfrutar del Pollo asado, o de las sopas calientes del día.

Las noches se quedan para Rosana y para mí, aunque Piedad y Luís también se suman alguna de ellas. El Barrio Alto es el sitio más perfecto para ir de marcha, y aunque el tiempo muchas de las veces no acompaña, salimos casi todos los días sabiendo que eso, en el fondo, será una rutina que acabará en pocos días.

Y llega el día del estreno. Estrenamos con nervios, ya que además sabemos que los portugueses que acudan a ver la obra, aunque hablen Español, quizá no tengan el nivel suficiente para entender un acento algo forzado pero que va acorde con los personajes de Pepa y Chelo.

Y por fin se abre el telón. 

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