Ir al contenido principal

Amor y vejez


En mi infancia siempre estuvo presente mi abuelo materno, Pedro, un hombre de campo, que al quedarse viudo se vino a Martos a vivir con mi madre, y con mi padre. Mi abuelo, que era de Valdepeñas de Jaén (pueblo que Almudena Grandes ha dado nombre en El lector de Julio Verne) no llegó nunca a acostumbrarse a un pueblo más grande como era Martos, por mucho que anduviera todo el día en la calle planeando y haciendo tratos, como él mismo decía. Siempre recordaré sus palabras al llegar a mediodía, y el gran trato (venta de olivos) que tenía entre manos y el cual le proporcionaría dineros como para llenar una mesa entera (palabras casi literales)

Como digo, mi abuelo era alguien muy activo; tan nervioso que no creo que engordara un kilo de más en toda su vida y finalmente murió igual de delgado que cuando tenía veinte años. Una suerte, de vida, ya que murió con noventa y cuatro años, y de metabolismo, que parece que yo no he heredado. También es verdad que no creo que leyera un libro en su vida, aunque sabía leer y escribía en una letra gótica como del siglo XIX.

Ahora volveré a mi abuelo.

Hace unos días vi Amor, la última película de Michael Haneke, realizador que me interesa siempre, o desde luego hasta la fecha. Amor narra la historia de una pareja de ancianos en un piso de una zona acomodada de París. Viven una perfecta vejez asistiendo a conciertos de música, y haciendo una vida cultural activa. Pero un día, a la mujer le da un ictus cerebral y pierde la movilidad de la parte derecha de su cuerpo dejándola sin la vida activa que hasta la fecha tenía.

Haneke cuenta una historia tristísima viendo la degradación de esta mujer, historia que seguramente se repita en millones y millones de historias, ya que la vejez, aunque a los que todavía somos más jóvenes nos quede lejos, debe ser una etapa triste de la vida, y algunos casos como Haneke retrata, terrible.

Sin embargo, creo que es la primera vez que no estoy nada de acuerdo con la imagen que Haneke da sobre la vejez, ya que generaliza con su exposición que ésta debe de ser siempre infeliz, que verse envejecer tiene que ser siempre algo triste y deshonroso, y que no se puede morir sin dignidad, y sin ser feliz.

Vuelvo a mi abuelo para dar un ejemplo de vejez quizá modélica, y eso que él tampoco lo pasó bien, ya que alguien tan activo tuvo también que pedir ayuda a mi madre o a mi hermana o a mí para cambiarse si se manchaba, o si quería que lo lleváramos a algún lugar de la casa, o simplemente si quería algo de comer. La cosa se complicó además porque hubo un momento en que dejó de hablar. Sin embargo, no creo que mi abuelo sufriera, simplemente porque creo firmemente que la mente nos prepara para esa vejez que nos espera, y nos hace inconscientes de un sufrimiento que en otra época nos avergonzaría y nos haría sufrir, pero que la edad nos cobija en su dignidad.

Por eso la película de Haneke, aunque a nivel formal me resulta soberbia, a nivel moral me parece que no quiere ver la luz, y se centra en un sufrimiento particular que no tiene que dar ejemplo al resto de historias de personas que alguna vez llegaron a ser viejos, y en el camino, también fueron felices. 

En personas como mi abuelo que pese a su vida, llena de altibajos, seguramente de fallos y tropiezos, de aciertos y de sinsabores, vivió una vida larga, que si un día fuera contada en una película, seguramente sería feliz. Todo tiene la visión del ojo que mira y refleja. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Casa David

Los indeseables.

Quién les hubiera de decir a las “galas de cine” que en unos años se iban a convertir en fenómenos de masas. Yo, que como aficionado al cine he visto muchas, puedo confirmar que excepto en el noticiario del día siguiente, los premios y las galas pasaban sin pena ni gloria, más allá del comentario popular de: esta ha ganado diez Oscars, o diez Goyas, y no es tan buena…o el vestido de aquella, o el disfraz con el que fue aquel...o la maldad de turno, que también las había...y las hay, y que en cierto modo siempre ha formado parte del visionado de las galas entre amigos: una diversión blanca que no salía del salón donde se veía la gala.
Pero las redes sociales y en especial Twitter, lo han cambiado todo. Las galas son el mejor momento y el mejor escaparate, para que las lenguas, a veces originales, y otras algo viperinas, comenten lo que está pasando en su televisión. Criticar una gala de cine sin saber de cine está a la orden del día. No hace falta ver las películas, ni conocer a los ac…

Las furias cotidianas.

Los viajes siguen siendo interesantes. Madrid sigue siendo interesante. Amigos, familia, visitas, cine, teatro. La lluvia nos recibe a nuestra llegada. La lluvia, y un apartamento en “la puerta del Sol” que no sabemos si nos gusta o no. Apenas sin tiempo nos vamos al teatro. Apenas sin teatro nos vamos al tiempo.  

“El gol de Alex”, la nueva obra de mi amigo Antonio Hernández Centeno. Ver obras de Antonio cada cierto tiempo en Madrid se ha convertido en un hábito muy agradable. En una excusa para volver. En una vuelta a la excusas. “El gol de Alex” es quizá la obra más personal hasta la fecha de Antonio, un texto lleno de dolor y desamor, que renace como el mismo autor, a una nueva vida, a un camino que será diferente, pero en el que se tiene que seguir caminando. Una comedia que es un drama, como las grandes comedias. Como los grandes dramas. Como la vida en la ficción.

Ficción también es la de “Selfie”, comedia, o drama, o simplemente una película sobre España, sobre la actual, o la …