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Filigranas de Emoción


Me he malacostumbrado al pensar y asumo la culpa si la hubiera, que la Ficción, las grandes historias, tienen que estar repletas de personajes que se salen de las normas, casi diría que se las saltan, y que estos tienen que estar viviendo en una realidad que casi nunca es la propia. He pensado y he errado al hacerlo, que en la ficción una historia sencilla, de personas normales y corrientes en las que apenas ocurre nada reseñable, nunca podría ser buena o desde luego, nunca podría emocionar de la misma manera que miles, millones de veces, lo han hecho los grandes personajes que acordes con sus principios, llegaban hasta un final a veces épico para defenderlos.

El problema, o simplemente, el problema que yo tengo a la hora de enfrentarme a las historias propias, es que no creo que la vida que me rodea sea quizá digna de ser contada. Que la sencillez con la que yo veo la vida, y de la que por otra parte me siento orgulloso de vivir, tenga nada interesante para los que leen, o puedan leer mis historias.

Me enfrento con el último libro que tengo de Jhumpa Lahiri, que ya no es que sea el descubrimiento del año literario de todos aquellos que la hemos leído, es que se ha convertido en un referente al que releer y al que esperar con algo más que impaciencia. Esta vez, sin embargo, logro conseguir en papel su única novela, "El buen Nombre" que devoro en pocos días.

El buen nombre cuenta muchas historias a través de los años, y en una misma familia de Hindúes que viven en Estados Unidos. La primera parte se centra en el matrimonio recién llegado a Estados Unidos y en cómo avanza un embarazo de un niño todavía sin nombre. Una vez nacido el niño, la historia de la novela se centra en él, aunque, mejor no desvelo su argumento que, de una sencillez extrema, resulta reconfortante descubrir por uno mismo.

Y sí, es Lahiri que la le dá la vuelta a los conceptos que yo tenía instaurados a la hora de contar historias, porque, sin ningún tipo de alarde, creando personajes sencillos, sin traumas, y sin grandes conflictos, logra emocionar en muchos momentos, haciendo de la realidad un lugar inabarcable para contar todo lo que yo creía que no se podía contar. Lahiri tiene tal capacidad para adentrarse en los sentimientos a los que nunca les habíamos puesto nombre, que cuando nos sentimos identificados con ellos no podemos más que rendirnos ante su prosa, y llorar, si es el caso y el momento en que nos toca por dentro. La forma de crear emociones de Lahiri es tan compleja, que es imposible explicarla con palabras: la única solución para entender su estilo es leyéndola.

A veces, cuando uno se sienta a escribir, se siente plagiador de los autores que más le gustan: yo descaradamente y muy de vez en cuando, plagio a Marías en algún giro dentro de una frase, o busco un arranque imitando a García Márquez, o a veces, voy más allá e intento hacer una reflexión divertida al estilo de Saramago; nunca lo consigo, pero me gusta pensar que los autores que he disfrutado en mi vida viven también en alguno de mis relatos, esos que cada vez me cuesta más ponerme a escribir, quizá por el miedo a no llegar a ser nunca como los autores que intento imitar.

Sin duda, ahora que Lahiri ha entrado sin que ella lo sepa en mi vida, voy a plagiarla de vez en cuando, por mucho que sepa que eso es imposible, por mucho que sepa que como ella cuenta las historias nadie puede contarlas, por mucho que sepa que para crear emociones primero hay que saber encontrarlas en uno mismo, en su vida, sencilla, compleja, aparentemente imperfecta, y repleta de historias que en el fondo se mueren por ser contadas. Vamos a ellos.

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