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Etiquetando el Arte (segunda parte)




A raíz de la entrada anterior, tengo una conversación con Miguel Ángel en el que me expone su teoría sobre el mundo del cine actual. Según él, el cine es el arte que menos ha avanzado, en el que menos cambios se ha producido, teniendo en cuenta que las demás Artes han sufrido trasformaciones y han pasado por diferentes estilos, muchos de ellos, asentados entre la población: no es raro ver en cualquier casa algún cuadro abstracto, o cubista, siendo vanguardias difíciles de entender.

Y creo que sí, que hay algo de verdad en el razonamiento de mi amigo, porque si bien el cine ha avanzado con los años, lo ha hecho más en la manera en que se cuentan las historias, buscando formas y temas “originales” que en la imagen de las mismas, que cada vez tienden más a un clasicismo formal capaz de contar sin mucha dificultad. Ya apenas sorprenden las direcciones y los movimientos de cámara se han vuelto repetitivos y a veces, muy aburridos.

Puede que la culpa sea también de los espectadores, que no estamos dispuestos a arriesgar, a ver historias diferentes, a que nos desconcierten en el cine. Nos hemos acostumbrado tanto al clasicismo que hemos creído que es la única manera de contar bien en el cine, y sinceramente, el cine también es un arte y debe de tener libertad para ser contado, y para poder experimentar con él. Los costes, estoy seguro, son otra de las principales trabas para la experimentación, porque, quién estaría dispuesto a financiar algo que no va a ver nadie…

Y sin embargo, y pese a todo, en el cine tendemos a etiquetar el buen gusto, y nos volvemos intolerantes con aquellos que no comparten el mismo gusto que nosotros, que no entienden el mundo como nosotros.

En los últimos meses una película no me ha convencido del todo: Drive, y su escena más famosa, la del ascensor, me parece efectista, y no me la creo, y sin embargo, entiendo que guste, y veo que detrás hay una forma de contar la historia que gusta a mucha gente. En el otro lado, una película de hace un tiempo sigue levantando ampollas de intolerancia cada vez que digo que me encanta: Los Cronocrímenes de Nacho Vigalondo; me entretuvo y gustó, aunque no a mucha gente, que me mira con cara rara cada vez que la defiendo.

Quizá el aprendizaje artístico, el cinematográfico, deba ir por otro camino, por el de un análisis más profundo de las películas, más allá de si nos han entretenido o no, más allá de si son buenas o malas, quizá debamos abrir más nuestra mente para que las historias vuelvan a oxigenarse y llegue de nuevo cine interesante, cine nuevo, cine que te haga salir de casa con la ansiedad de ver historias especiales. Si no, y es un vaticinio, el cine sí que acabará pronto, y no le harán falta ni las descargas, ni internet para hacerlo, él mismo morirá de clasicismo.

Hay que abrirse la mente a las historias, a la vida, que siempre es más compleja de lo que parece

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