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Lisboa, segundo asalto.


Uno siente, o se obliga a sentir, que algún día volverá a visitar una ciudad, ya sea porque lo feliz que se fue quiera repetirse con premura, o por el contrario, lo que se espera es sentir una felicidad que jamás se dio en un primer viaje; expectativas hechas añicos.


Mi primera visita a Lisboa fue hecha añicos como el cristal del coche que nos reventaron en el barrio alto. Lisboa se convirtió en una ciudad de escapada rápida, de visita forzada de la que hubiéramos huido si no fuera porque el hotel ya estaba pagado. Quizá por eso la vuelta urgía, aunque no hubiese fecha en el calendario para provocarla. Finalmente se dio.


Llego a Lisboa de la mano de Rosana, que me acompaña nerviosa en un proyecto con futuro, pero aún sin cimientos. En Lisboa nos espera Piedad, el tercer pilar de un proyecto que aunque con nombre, le falta todavía una cara y un cuerpo, una voz, o unas voces que con los días irán apareciendo. En la llegada a Lisboa nos espera también Luís, que aunque no es tímido, y tiene una conversación muy amena e interesante, solapa la voz a la de Piedad, que es un torbellino de palabras, de rapidez y energía.


Mientras la ciudad se empieza a descubrir entre edificios desconocidos, nos vamos adaptando mutuamente. Me siento un atracador en casa ajena, ya que acabo de conocer a Piedad y Luís, y esta noche dormiré en su casa, y comeré su comida. Ellos lo ponen muy fácil, y la hospitalidad se respira en cada rincón de la casa, tanto, que a veces me da la sensación de que no he salido de España y que estoy en casa.


Menú del día empieza a tomar forma, al principio a trompicones, mientras conozco a Piedad, mientras observo su voz y sus movimientos, mientras camino en la posibilidad, mientras creamos el futuro. Con Rosana no tengo problemas, porque yo confío más en ella que ella misma, que se quiere mostrar insegura cuando no lo es. Vamos montando, y creando al tiempo que una seguridad se van asentando en nosotros, y nos anima a seguir.


Lisboa va llegando, también poco a poco. Al fin y al cabo, allí hemos ido a trabajar, y el turismo queda relegado a un segundo plano. Salimos a cenar, al cine, a visitar. Y trabajamos.


El último día allí, Rosana, Piedad y yo decidimos darnos una vuelta sin rumbo por la ciudad, que se deja querer. Visitamos la Alfama en Tranvía, y recorremos sus callejuelas, sólo observando, caminando sin ruta hacía donde el azar nos guíe. Fotografiamos, bailamos, y un espíritu de libertad acorde con los días nos llena de felicidad.


Luís se une a la hora de cenar en el Barrio Alto, donde acaba un día, y un viaje de reconciliación. Lisboa se lo merecía, sin duda.


A partir de ahora quedarán ensayos, y trabajo, mucho trabajo. Espero que Lisboa nos recuerde que allí nació nuestro nuevo proyecto.


Gracias a Luís y a Piedad, y a Rosana...a la que todo el mundo debería conocer como es encima de un escenario.


Ese es nuestro reto.


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