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Noviembre.

El lavavajillas había decidido, por propia iniciativa, y como si fuera una entidad pensante, romperse sin el más mínimo aviso. También el coche empezó a comportarse de manera rara, a dar tirones sin concierto, y a hacer un ruido audible a ratos, y sordo a otros. Las facturas, sin querer, se habían acumulado, sin aviso, llegaban más y más, y parecía como si las deudas, una encima de otras, volvieran una plácida vida en algo más parecido a un pequeño infierno. También en el baño hubo problemas. Sumando las humedades que siempre adornaban las paredes, ahora el agua del vecino caía con despropósito sobre el techo, provocando una mancha de agua al principio, seguida de la caída de la escayola, que en el suelo, se posaba con desconcierto dejando un gran agujero a primera vista, entrando sin prisas.

No había que recabar mucho para comprobar el estado de nervios en el que se sumió la pareja, acostumbrada a la cotidianidad, a los cambios moderados, a los irrelevantes vaivenes.

Quizá, sólo quizá, la rebeldía que presentaba la casa estaba relacionada con los días, con el insoportable noviembre que hace que el año se acabe, ya que, sin mucha razón, puede que por la misma que hizo que en primera instancia se rebelara el lavavajillas, todos los objetos de la casa volvieron a un estado de normalidad moderada, en alerta, a la espera de que, quizá pronto, todo se rompiera definitivamente, y dejara al descubierto las heridas que la casa necesitaba curar.

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