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La mala fortuna

La imagen me asusta y me sobrecoge a partes iguales: un caballo blanco al que no veo la cabeza, está tirado en la cuneta de una carretera secundaria. Muerto. El pueblo al que voy y que está cerca de donde se encuentra el caballo, está atrasado socialmente, y las normas y las leyes se respetan según les va viniendo en gana a sus habitantes.

No hay nadie cerca del caballo. No sé cómo ha muerto aunque mi primera teoría es que su dueño lo ha matado por viejo y lo ha dejado en el arcén para que otros lo recojan. O lo dejen pudrirse. A nadie le importa ya que la soledad del caballo es patente en el arcén.

La imagen que me viene es la típica: el principio del Padrino II cuando la cabeza de un caballo inunda con sangre una cama, pero esa imagen aunque macabra y malvada, tenía un por qué; a esta todavía me cuesta verle un sentido, si acaso lo tiene.

No me espero la historia que hay detrás de ese caballo muerto.

Unas compañeras de trabajo, acostumbradas a la España subterránea del lugar, me cuentan casi entre risas el fatal destino del caballo: atropellado por un camión y abandonado a su suerte hasta tres días después de su muerte en que un equipo de la guardia civil lo subiera en una furgoneta y se lo llevara.

Terrible.

Estoy seguro que el caballo había tenido mala fortuna, o desde luego vivía con mala estrella, ya que hasta después de su muerte le siguieron pasando desgracias.

Cuando aún estaba vivo, su dueño lo había cambiado por un coche BMW antiguo: el comprador, o cambiador, lo quería para su único hijo. Al enterarse del suceso, y sin papeles de por medio, el legítimo dueño del caballo, habitante del pueblo, se ve como culpable del abandono del caballo, y responsable en el pago, tanto de los daños del camión que atropelló al caballo días atrás, como del trasporte y la multa correspondiente.

Desesperado, se dirige al arcén donde el caballo yace muerto, y busca el chip identificativo capaz de inculparlo. Con una navaja raja desesperado, una y otra vez, el cuello del animal: le han dicho que el chip se encuentra allí, y es la única manera de no verse inculpado.

Sin éxito, vuelve a dejar abandonado al caballo, víctima de unos dueños detestables, abominables, indeseables en cualquiera de los sentidos de la palabra.

Lo peor de todo es que encima es verdad.

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