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Sin excepción.


Tendemos a olvidar con demasiada facilidad el pasado, o simplemente, elegimos lo que más nos interesa, muchas de las veces, lo que nos beneficia, alejando casi siempre el dolor, el ajeno, el propio, haciendo un recuerdo propio que se une al conjunto y que forma un todo erróneo, lastrado, pero que sin embargo, tiene a veces matices de historia viva, de historia creíble, de verdad universal.

Unido todo a que la historia se da tan mal en los colegios, se incentiva tan poco (a mi en la vida me intereso la historia que me enseñaban en el colegio, lastrada, y contaminada) y como se sabe, el que no conoce la historia, está condenado a repetirla. Creo que es una frase manida, pero que tiene un halo de verdad; la condición humana está bien conocerla, ya que en los días que corren, quizá el pasado nos enseñe que fuimos animales cuando nos quisimos creer personas.

Leo con verdadero fervor, abrumado por el relato, El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Cháves Nogales, ese gran descubrimiento de los últimos años. Nogales, en una biografía novelada, cuenta las vivencias de Juan Martínez, un bailaor que se busca la vida en centro europa y en Rusia a principios de siglo, en mitad de todas las revoluciones comunistas. Nogales relata a través de Juan Martínez y de Sole, su mujer, unas vivencias que, si uno que supiera que son verdad, y que el que escribe es sólo un periodista que les da forma, las llevaría al cajón de las mentiras por crueles, por sangrientas, y desagradables, por acabar casi en cada página, con la dignidad humana, que se resquebraja en manos de las ideas políticas que en Rusia parecen una prioridad para el cambio.

Solo hay dolor en las viviencia de Juan Martínez. Dolor y sufrimiento innecesario a través de unas ideas que mucha gente aun cree y da como voluntariosas, como necesarias. Seguramente tanto la derecha extrema como la izquierda extrema se encuentren en una esquina donde al mirarlas tienen el mismo color sangriento.

Pese a ese sufrimiento, Juan Martínez dota a su memoria de alegría. Quizá porque cuando cuenta su relato ya está a salvo, ya está vivo, y la memoria es engañosa, y nos dice que el sufrimiento no ha sido para tanto, y que el porvenir es lo que realmente importa.

Imprescindible es la lectura de Juan Martínez que estaba allí, para conocer una historia reciente, oculta, que se intenta enterrar y que nos pone delante de un espejo para enseñarnos lo que podemos llegar a ser, en lo que nos podemos convertir si seguimos a pies juntillas unas ideas, que en principio pueden ser beneficiosas, pero que la sangre las corrompe e inutiliza.

Vamos a mirarnos también hoy, y vamos a ver dónde estamos y si el camino es el que hay que seguir, o estamos repitiendo la historia.

Una historia que es conjunta, y que, por mucho que nos cueste, tenemos todos que vivirla en armonía. Todos.

Sin excepción.

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