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Suecia. Segunda parte. Una mosca desequilibrada.

El orden y la corrección es palpable, y la seguridad con la que se camina es quizá engañosa, porque me resisto a pensar que nada malo puede pasar. Camino también solo por Estocolmo, y las primeras impresiones van encontrando un cimiento fuerte donde poder empezar a hacer una crítica constructiva de la sociedad, la cual, hasta la fecha, es la que más preguntas me ha hecho hacerme.

Y es que, si bien la perfección social es tangible, también lo es su frialdad. La sociedad Sueca también tiene un alto porcentaje de suicidios y depresiones, fomentadas a su vez por la falta de luz en gran parte del año. Pero, aquí, en España, ¿podríamos vivir como en Suecia, sin apenas contacto físico o verbal? Sería posible una sociedad así. ¿Sería bueno una sociedad así, o hay que aguantarse con los defectos pero también con nuestras virtudes?

Los días, que me hacen fijarme más en las personas que en los edificios, o calles, me regalan una cena en una casa Sueca, junto a Nacho y sus compañeros de trabajo, claro está. Aquí nada es frío, y nuestros anfitriones se muestran respetuosos, y amables; bien es cierto que la cena está compuesta por gente de casi todos los países Europeos, y el eclecticismo cultural está presente en todas las conversaciones, que son amenas, y en Inglés. Yo, en la vorágine de la noche, y de la cena, acabo hasta contando la leyenda de los Carvajales. En Inglés, y saltándome, quizá por pudor, las partes más cruentas.

Acaba el viaje, y no deja de sorprenderme la ciudad. La última noche, vendrá a darme el gran fallo de la sociedad Sueca, en forma de metáfora, y sin buscar el conflicto que era latente.

Una cena en un griego, donde la comida es exquisita, acaba por estropearse con una mosca en mi vaso de cerveza. Yo, acostumbrado a que eso pueda pasar, en España pasa, y quizá mucho, le comunico a la chica que nos atiende en la mesa, que hay una mosca en mi vaso, y que si me lo puede cambiar. No lo hace. Me dice que la mosca no la ha puesto ella, yo tampoco, le contesto: no voy a traer de casa la mosca, ella se lleva y el vaso y me dice que ahora verá qué puede hacer. En principio me sorprende su reacción. Quizá en España estamos demasiado acostumbrados a que en los negocios de bares y restaurantes se cuide al cliente y se fomente la hospitalidad. Aquí al parecer no. La chica vuelve con el mismo vaso, con la misma cerveza y con la misma mosca, diciéndome que no va a hacer nada. Que ella no ha metido la mosca allí. Después de que los que nos acompañan se cabreen más que incluso que yo, le digo a la chica que me traiga un vaso nuevo, y que echaré en él lo que me queda de cerveza.

Y es que, una mosca, una insignificante mosca, es capaz de romper un orden preestablecido en el que una botella de cerveza más o menos, cambiaría todas las cuentas del restaurante. O puede que como digo, no estén acostumbrados a ser tan hospitalarios. O puede, que simplemente, no les hayan enseñado a saber hacerlo, porque la sociedad parece no pensar por ella misma, o todo lo contrario, parece que lo pensado anteriormente se aprende, pero lo nuevo, lo que pueda salirse de la norma, no sea entendido. Quizá deban aprender, o quizá se han olvidado de hacerlo, que en la vida no todo puede ser perfecto, y que existen los fallos, y en ellos a veces es necesario improvisar. 

Me quedo con un viaje curioso. No sé si volveré a Suecia. La verdad es que es un viaje que no sabe muy bien uno si repetirá algún día. Yo volveré, si lo hago, para encontrarme con Bergman, quizá el personaje sueco que más admiro, y que, desgraciadamente, la sociedad sueca ha enterrado para siempre después de su muerte. No les vendría mal mirarse a ellos tampoco en sus películas, porque a veces, uno mismo, no es capaz de ver el reflejo que proyecta, reflejo que Bergman supo ver a traves de sus imágenes . Reflejo que también habla de la perfección aparente, pero que, una vez se escarba, una vez que se profundiza, uno empieza a ver también unas miserias que con ahinco, los personajes de sus películas se han esforzado en esconder.


Todo saldrá a la luz, aunque aquí falte. 


Comentarios

Me has dejado pasmado con lo de la mosca. Me recuerda a una peli, que no recuerdo el título, donde una familia se instala en una especie de urbanización a las afueras de una gran ciudad, con unas comodidades, limpieza y vecinos, aparentemente civilizados, y que poco poco, con el transcurrir del film, se van descubriendo las realidades que giran en torno a esos vecinos. POr lo que cuentas y nos muestras en las fotos,en Suecia parece nuestro país añorado. De hecho, conforme leía la primera parte de tu entrada me repetía lo genial que sería tener tu bicicleta, tu aparcamiento, tu inflador público...Lo que me lleva a pensar que todo lo que es de uso de todos se repeta al máximo, pero lo de la mosca.....
P.D: el nuevo diseño del blog, mola!
Amador Aranda ha dicho que…
Y te contaré más ampliamente...porque la sociedad sueca da pa mucho...Lo del blog...ha quedado guay pero vamos, me gusta más que alguien escriba...jeje. Besote.

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