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Suecia. Primera parte. El equilibrio.


Apenas aterrizamos en el aeropuerto de Estocolmo ya se intuye que la ciudad es diferente. Que el sitio a donde llegamos es Europa, pero no lo es. Que ha crecido apartada, quizá por su enorme frío, quizá por su situación geográfica que hacía difícil llegar a ella, y sin embargo, esa independencia la ha hecho ser unas de las naciones más prósperas de Europa.

Pasillos y más pasillos nos reciben a la llegada. Todo está bien señalizado, aunque nosotros nos guiamos por los que parecen que conocen el camino. El aeropuerto es elegante, además de ser funcional. La madera lo inunda todo, y tanto en los asientos en los que los pasajeros pueden esperar, como en los cuartos de baño, se nota una delicadeza, o simplemente, una inversión de dinero mayor que la de cualquier aeropuerto Europeo puede hacer.

Uppsala nos espera para pasar las noches. Cogemos un autobús hacia la ciudad que está relativamente cerca del aeropuerto, y el silencio de un sábado por la tarde lo inunda todo. La realidad se hace tangible en ese pequeño viaje. Apenas hay coches. Sólo bicicletas aparcadas en los parkings habilitados para que los ciudadanos puedan utilizar los servicios públicos. Todo está ordenado para que el ciudadano viva en armonía con el entorno, ya sea la naturaleza, como con sus conciudadanos, a los que es de mal gusto molestar incluso con voces más altas de la cuenta, o incluso, con miradas furtivas, ya sean cariñosas, o amenazantes. 

No hay miradas en Suecia. Nadie mira a los ojos a menos que te dirijas directamente a ellos y los acompañes con palabras. Nadie cruza la mirada contigo al andar. Todo se hace mirando al frente, llevando un camino marcado con anterioridad. Puede que por eso, cuando alguien por casualidad decide mirarte a los ojos, la sensación sea de desconcierto, quizá de miedo, de un raro desasosiego que en cualquier otro lugar no ocurriría.


Visitamos en un día algo lluvioso Estocolmo. La ciudad no sorprende tanto como sus habitante que a medida que van pasando los días me interesan más y más y me llenan la cabeza de preguntas. ¿Es Suecia una ciudad del Futuro? ¿Es esa la sociedad idílica en que la que a mi me gustaría vivir donde el respeto y el bien común prima sobre casi todo? ¿Cómo se miden las sociedades, con la propia, o con una ideal que nos hemos inventado?

Estocolmo sigue la tónica anterior. Los suecos son disciplinados y tienen todo pensado hasta la saciedad para que el ciudadano se sienta cómodo, y viva en un estado de bienestar. Detalles y más detalles lo inundan todo. Desde sillas plegables en el museo Nacional para soportar el paso cansado con el que se visitan los museos, hasta infladores en cualquier aparcamiento de bicicletas, sin tener en cuenta algo tan importante como que el cien por cien de la población habla un Inglés perfecto. Pluscuamperfecto.

Recorremos las islas que forman Estocolmo, no una ciudad tan cara como nos había dicho, o al menos, no nos lo parece. Y, dada la situación marítima de la misma ciudad, decidimos darnos un paseo en un barco que hace un recorrido precioso por sus partes más turísticas.

Me surgen preguntas, me haré más en la segunda entrada, y una de ella la dejo en el aire. ¿Cómo es posible que un pueblo tan avanzado como el sueco siga teniendo Monarquía? A este pregunta alguien me respondió en Uppsala.

Continuará. 

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