Ir al contenido principal

Sin nombres

Publico un relato que ya publique en aldaba hace algún año y que hoy casualmente he vuelto a leer. Espero que os guste.


Sin nombres.

Les despertó una llamada a medianoche. No se tocaron, no hubo palabras en la penumbra para alarmar el uno al otro, con el cansancio relajado que provoca el sexo, y la sensación de que el teléfono no suena de verdad, que es sólo un ruido que ha aparecido de repente, en mitad de un sueño, en la oscuridad de una noche de desconocidos. Hace unas horas todo era diferente, cuando la música y el humo los había cegado de deseo, el chico sin nombre le habría preguntado quién llamaba; cuando las miradas, los besos robados, el roce de las manos, los estaba acercando uno al otro, él le hubiera respondido que llamaba su padre, que estaba llorando y que le pedía que volviera a casa. Pero ya es diferente, ya han conseguido apagar el fuego que los consumía por dentro, que les hizo correr hasta un apartamento del centro de la ciudad, desnudarse al mismo tiempo que se besaban en el coche, en el ascensor, en el dormitorio, que se comían los corazones de impaciencia, a destiempo, con una ansiedad reprimida por el deseo de poseerse, el uno al otro, como si se les acabara las horas que les quedaban por estar juntos. Juanjo enciende la luz rompiendo lo poco que quedaba de deseo, llevándolos a otra realidad, en la que el chico sin nombre tendrá que levantarse, coger sus cosas e irse por donde ha venido, sin besos de despedida, sólo un adiós y ya nos veremos. Pero las lágrimas en la cara de Juanjo lo han cambiado todo. El chico sin nombre lo consuela, lo abraza y lo besa en la frente, le limpia las lágrimas y le pide que le cuente, que le abra su corazón y le diga qué le está pasando, por qué el hombre con el que se ha acostado ha empezado a sufrir, por qué la persona descarada y zalamera que le había estado seduciendo toda la noche en la discoteca, ha terminado derrumbándose con una llamada. Pero no le interesa, piensa Juanjo, no tiene porque saber que su padre ha llamado para decir que vuelva, que su madre está de nuevo enferma, que puede que muera en cualquier momento, tendida en la cama, al amparo de sus familiares entre los que no se encuentra él, que dijo que ya no volvería, que rompió su promesa de quererla, y de protegerla, y de amarla, que un día la rechazó igual que ella había hecho con él, que un día olvidó para así tener que empezar una nueva vida sin ella, sin su recuerdo escondido en la parte del corazón que ha preparado para no tener sentimientos, la misma que le dice al chico sin nombre que se levante, que no hace falta que lo consuele, que está bien y que será mejor que se marche, que lo deje solo, que no tiene ninguna necesidad de recibir cariño de alguien del que no conoce ni su nombre. Y volverá a su casa, y tendrá que asumir antes de regresar, que sus veinte años le pueden servir para poner copas en una discoteca, para acostarse con hombres diferentes cada una de las noches, para gritar por las injusticias, para huir de un pueblo en el que no se sentía querido, para borrar de la memoria a una madre que lo echó de casa, pero no le sirven para perdonar, para olvidar, para enamorarse de alguien como quien está a su lado ahora, que recoge su ropa y comienza a vestirse, que lo mira de soslayo y le dice que se relaje, que ya verá como todo se soluciona, y que le ofrece su ayuda, que le pide su teléfono, que lo besa de nuevo aunque ya no quiera volver a hacer el amor, que lo besa de nuevo, aunque no tenga intención de saber más de él, que lo besa de nuevo, aunque lo que hayan vivido no tenga mucho sentido, sólo una noche, que acabó mal, en una penumbra incapaz de ocultarlos por más tiempo, sin protección del alcohol o de alguna droga que los hubiera hecho más libres, solo ellos dos, él uno enfrente del otro sin conocer sus nombres todavía. Se abrazan y se besan, y por un momento el chico sin nombre piensa que lo quiere, que quiere saber más de él, protegerlo y estar a su lado cuando sufra, cuando vuelva a su casa y lo necesite. Pero también sabe que es irreal, que no lo conoce, sabe que besa y folla bien, pero poco más de eso. Poco más que un teléfono en la confusión de su salida del piso; poco más de un llámame si necesitas ayuda, hablar, de lo que sea, o que te hable yo mientras me escuchas cuando todo sea difícil, cuando vuelvas otra vez y te apetezca verme, conocerme, saber más de mí, y yo de ti que no te conozco, pero puede que quiera hacerlo, para así averiguar mi nombre y yo el tuyo.

Si hubiera sido un niño inteligente, inquieto, con grandes ideas, o con algún toque artístico, imaginativo o destructivo, sincero o mentiroso, amigo de sus amigos o enemigo a ultranza del mundo, dio igual, nunca nadie en el pueblo se atrevió a averiguarlo, acostumbrados cada vez más a la inmediatez, a consumir comida rápida, cine comercial que no haga pensar mucho, libros de bolsillo que se lean con facilidad, y música blandengue que no nos rompa las neuronas, pero sí los tímpanos. No hay nada peor que pasar desapercibido, no ser simpático y hablador, aunque las palabras que se digan tengan poco sentido, no demostrar inteligencia cuando todo el mundo la pide. Si hubiera sido así, Juanjo no hubiera pasado por el pueblo como el maricón vicioso que todo el mundo llegó a pensar que era. Pero hay clases hasta para ser maricón, siempre lo supo, hasta cuando llegó a Madrid y las posibilidades de su sexualidad se multiplicaron. Tuvo la sensación de no encajar, de no ser la persona que todo el mundo esperaba que fuera, o que todo el mundo quiere que seas, aunque no puedas inventar nada. Ser uno mismo tiene el precio del desprecio o en peor de los casos, de la indeferencia. Ha llegado al pueblo, y el recuerdo de la noche que ha pasado con el chico sin nombre, le demuestra que no todo el mundo es igual, que por fin alguien se ha interesado por él, que le ha pedido un teléfono, aunque luego nunca llame; siempre le quedará la imagen del chico sin nombre que se interesó por él, por saber algo más, por buscar algo dentro que nunca nadie vio, que nadie se atrevió a encontrar con la paciencia que requieren las personas que no son como las demás. Juanjo no era el yerno que las madres querrían para sus hijas. Su extrema delgadez, su cabeza siempre gacha y su ligero toque de pluma, lo hicieron ser el blanco de las burlas en el colegio, en la familia, en el pueblo que ahora ve a lo lejos, como en la postal que guarda en un cajón de escritorio. Ha empezado a amanecer, y la luz que rompe el cielo con los primeros rayos, le ha hecho sonreír. No sabe qué le espera a su llegada, pero tardará poco en comprobarlo: su casa, la casa de sus padres, está cerca y los nervios han empezado a habitarle el estómago. Si hubiera llegado haces dos meses, de visita, por gusto, para ver cómo estaban sus padres, su madre lo hubiera agarrado del brazo, sin ni siquiera darle un beso, y lo hubiera echado a la calle como había hecho dos años atrás. Luego él se habría ido, con la misma sensación de cuando escapó, sin explicación de porqué su madre lo había tratado así, y con la incertidumbre de que hubiera descubierto algo de lo que él no estaba enterado. Pero ha llamado su padre, ha llamado diciendo que su madre quiere verlo, puede que por última vez, puede que para perdonarlo por algo que no sabe que hizo. La casa está delante de él, y llama al timbre al mismo tiempo que recibe un mensaje en su móvil: Mucha suerte, firmado, chico sin nombre.

Mamá está arriba y quiere verte, lleva toda la noche repitiendo tu nombre, dijo el padre sin saludarlo, sin preguntar cómo estaba, cómo había ido el viaje ni si había podido dormir algo. Por un momento tuvo la sensación, el miedo de que nada había cambiado, de que nada cambia y de que su madre lo esperaría arriba para volver a decirle, para volver a pedirle en una promesa, que no vuelva acostarse con un hombre, que sea el hijo que ella siempre quiso que fuera. Pero no sabe qué pasará cuando suba las escaleras y entre al dormitorio. Cuando vea a su madre y la mire tumbada en la cama, con el cuerpo marchito, roto por la enfermedad que la está consumiendo poco a poco, sin darse cuenta. No será como ella, se acercará, la cogerá de la mano y le dará un beso en la cara, o en la frente, y le hablará, y le dirá cómo se encuentra, y por qué quería que fuera a verlo. Aunque ahora mismo espera, cogido de la baranda de la escalera y con las piernas temblando de miedo otra vez. Porque aunque haya crecido y descubierto que lo que es no es malo y la estancia en Madrid le haya dado fuerzas renovadas para seguir tirando, cada vez que llega a su casa el camino parece como no trabajado, absurdo y de tiempo perdido. Sus tías acompañan a su madre, todas vestidas de negro, alrededor de la cama, como si estuvieran esperando a que muriera pronto para no cambiar la postura y los sitios en el futuro velatorio. No espera mucho más que alguna mirada por parte de ellas, excepto de su tía Rosa, que se levanta y lo abraza y lo besa con una gran teatralidad y no espera que las demás sigan el ejemplo de Rosa la loca, cree que estarán pensado que se está poniendo en evidencia y mucho menos espera que su madre lo llame, le diga que se acerque y la bese, pero sí que lo hace. Con una voz trémula dice su nombre y sus tías se levantan con la excusa de ir preparando el desayuno. Se acerca a su madre y se sienta en una silla. Aunque espera perdón, no lo hay, su madre apenas puede hablar y lo poco que dice no tiene mucho sentido. Aunque espera explicaciones de porque lo echó de casa, no las habrá, su madre no recuerda qué pasó y lo trata como si tuviera cinco años, diciéndole que no olvide coger la maleta para mañana ir al colegio y que le ha preparado un bocadillo de aceite con cola-cao como a él le gusta y pidiéndole por favor que no se peleé con los niños, que si alguno se mete con él que no le haga caso, o que se lo diga a la profesora que ella lo defenderá. Aunque espera lágrimas de su madre, no las hay, sólo están las suyas: las hay de perdón, un perdón esperado por él y del que no se va a arrepentir; las hay de frustración, por no saber la razones que tuvo su madre para arrastrarlo hasta Madrid; las hay de miedo, por saber que su madre está a punto de morir. Apenas se da cuenta de esto último, ya que su madre muere cuando él todavía la tiene cogida de la mano. No llamará a sus tías y a su padre ahora, esperará un rato, mirándola a los ojos todavía abiertos y que cerrará con su mano. Se quedará observando el cuerpo de su madre con el perdón implícito que llevaban sus últimas palabras, “quiero que seas bueno Juanjo”.

Se acabó. Si había vuelto al pueblo por algo, ya se ha acabado. Sólo tiene que esperar a la vuelta. Se acabaron los sobresaltos, las pesadillas, y la culpabilidad. Se acabó el pensamiento perpetuo que inundaba su cabeza a cada momento buscando una respuesta. Se acabaron los miedos que de repente le sorprendían sin avisar en cualquier sitio, en el cine, en el trabajo, haciendo el amor. Se acabó el pasado que se quiere olvidar y su empeño por eliminar vuelve más vivos los recuerdos, que ahora sí que guardará, con cariño, con la memoria de su madre en los buenos momentos. Se acabó.

El teléfono en casa de sus padres no ha parado de sonar en toda la mañana, con gente dando el pésame y preguntando a que hora será el entierro mañana. Juanjo no ha hecho gran cosa para ayudar, sólo ha ido a alquilar sillas al casino del pueblo para que la gente pueda sentarse en la casa, ya que el velatorio no será en el cementerio, a su madre no le hubiera gustado, según dice su padre. También se ha ocupado en avisar a su vecina Carmen de que mañana irán los hombres a velar el cuerpo a su casa, ya que, según la tradición que siguen en el pueblo, los hombres velan el cuerpo en la casa del vecino y las mujeres lo hacen en la casa del difunto. Recuerda lo mucho que se reían sus amigos en Madrid cuando lo contaba, que cómo era posible que tuvieras que ir a molestar a una vecina para hacer un velatorio, y se reían aún más cuando imaginaban si eso se hiciera allí, en Madrid, donde nadie o casi nadie conoce a quién habita en frente de su puerta, donde es difícil saber quién es con el que estás, ya que nadie quiere conocer a nadie, no hay tiempo para eso, aunque él siempre lo agradeció, sentirse anónimo, uno más, que no sobresalía, que no tenía nada de diferente al resto. La omnipresencia que representaba en el pueblo había desaparecido en el mismo momento en el que se bajó del autobús para buscar un piso, luego un trabajo y después unos amigos de los que carecía cuando vivía con sus padres. Le duele que ningún compañero del colegio se haya acercado a su casa para verlo, para darle el pésame y recodar cualquier anécdota absurda. Sabe que romperá la tradición y se quedará a velar a su madre con las mujeres, aunque su padre le haya dicho que siempre tiene que estar llamando la atención, velará el cuerpo de su madre a su lado.

La noche está llegando y la gente empieza a acercarse a la casa. Los velatorios no son silenciosos, todo lo contrario. Después de dar el pésame a la familia, la gente se sienta, y empieza a hablar, como si no tuviera tiempo de verse por el día. Hablan de olivos y del campo, de quién está pensando en vender una fanega o de lo mala o buena que será la cosecha ése año, de quién se va a casar o de quién va a tener un chiquillo en los próximos meses, o de la enfermedad de algún vecino que ya viene para larga y de la pinta que tiene, tardará poco en morir; se habla del alcalde y de lo mal o lo bien que lo está haciendo y de que cada vez está más alta la contribución y no hacen muchas cosas en el pueblo. La zona de las mujeres es diferente, aunque también se habla, pero parece que en silencio, respetando que el cuerpo está en una de las habitaciones de la casa. Juanjo está solo cuando suena el móvil. No le suena el número, pero decide cogerlo. El chico sin nombre pregunta cómo está, y qué ha pasado con su madre. Le dice que murió por la mañana y que ahora está el velatorio, que la enterrarán a las doce del próximo día. El chico sin nombre le dice que lo siente, y que le gustaría estar allí con él para consolarlo. Juanjo no lo cree. Su padre lo está llamando, hay gente que quiere darle el pésame en la otra casa. Se despide del chico sin nombre y sale a la calle.

El entierro ha sido íntimo, es día laborable y ha sido muy poca la gente que se ha acercado a la iglesia para despedir a su madre. Juanjo va vestido con un traje negro y una corbata que le ha prestado su padre, por suerte tiene la misma talla y el mismo porte. Al cementerio sólo han ido sus padres y sus tías, que siguen cuchicheando por lo bajo, como si la muerte de su hermana no tuviera mucho sentido, como si fuera algo que ocurriera todos los días. Juanjo y su padre vuelven a su casa. Juanjo se irá en unas horas y su padre se quedará solo. Por un momento piensa en decirle que por qué no se va con él a Madrid, que venda la casa y los olivos y se compre algo en la ciudad. Pero sabe que la respuesta será negativa, su padre no abandonará el pueblo. Le dice a su padre que se vaya a dormir, que está muy cansado, pero le dice que se quedará limpiando. Él si dormirá antes de irse, pero antes de que suba las escaleras para ir a su antiguo cuarto, su padre lo llama y le propone que se siente con él un rato.
Hijo. Yo sé que tu madre y tú…
No merece la pena papá. Ya está muerta.
Pero yo sé que tú. Para mí también ha sido difícil. De un día para otro empiezan a hablar en el pueblo, y compréndelo.
Yo nunca supe que hablaban padre.
Hijo. Es que hay cosas. Yo no sé explicarme, no hablo muy bien. No tengo palabras, pero sé lo que eres. Y a mí no me importa, sabes que no. Dios sabe que siempre te he querido como eres. Pero lo que pasó…
Qué pasó padre.
Yo no sé, hijo. La gente empezó a hablar, ya sabes como son en los pueblos. Y tu madre lloró y dijo que no quería tener un hijo que hiciera esas cosas.
Qué pasó padre. Cuéntemelo.
Ay hijo. Como si tú no lo supieras mejor que nadie.
Yo no sé nada.
Vino una vecina, diciendo que el Antonio, el hijo del Manolo el de la droguería, le estaba poniendo los cuernos a su mujer. En principio no nos extraño, al Antonio al igual que a su padre, siempre le han gustado mucho las mujeres. Pero vamos, to el mundo pensó, pues eso, lo típico, que le gustaría irse de putas. Pero empezaron a decir que se iba al cerro y que los que lo habían visto, decían que lo habían visto con un hombre. Todo empezaron a decir que eras tú, yo rezaba porque tu madre no se enterara, pero vinieron tus tías, y le empezaron a decir que si eras la vergüenza de la familia, que si estabas rompiendo un matrimonio. Yo intenté convencerla, de verdad hijo, hablé con ella para que tú nos pudieras dar una explicación. Pero no me hizo caso. Cuando llegaste…bueno. Ya sabes lo que pasó.
No era yo padre. No era yo. He visto a Antonio por Madrid.
Si se fue del pueblo a los pocos días de irte tú. Y claro, tu madre pensó que se había ido contigo.
Me lo encontré. Iba con Sergio, el policía que me daba tanto miedo cuando era pequeño, pero, no sé. Creí que habrían ido de papeles, o no sé…
Lo siento mucho hijo. Si yo hubiera sabido eso.
Yo lo siento más padre. Pero no te preocupes.
Las maletas, los recuerdos que no se pudo llevar la vez anterior, las fotos que guardaba escondidas para algún día poder sacar a la luz, la memoria y el pasado que se habían hecho pesados, los saludos y los adioses, se preparan para el viaje. Los abrazos con su padre le frenan el camino de vuelta y su coche espera aparcado en la puerta. Volverá, seguro que volverá. Para encontrarse cuando se sienta perdido en el anonimato de la ciudad. Para no olvidar el recuerdo que ya ha dejado de perseguirlo, pero que planea por todas las calles, las plazas, las casas del pueblo en las que vivió algún momento digno de recordar. Para encontrar a su madre, algún día, cuando ya no merezca la pena habitar el mundo. Se despide entre lágrimas y sube las maletas en el taxi. Otra vez suena el móvil. Es el chico sin nombre. Le alegra oír su voz, sabe que le espera en la ciudad, que volverá a verlo, que confiará en él, que todo ha cambiado. Si entrara por tu pueblo, le dice, qué vería en la entrada. Verías una montaña, y en su falda una gran iglesia. Y si siguiera, qué seguiría viendo. Encontrarías una gran avenida, llena de coches, y casas a los lados, pero no te quedarías ahí. Vendrías a visitarme a mí, así que avanzarías, y subirías por las empinadas cuestas hasta llegar a la plaza donde está el ayuntamiento. ¿Y qué calle tendría que coger para ir a verte?. Cogerías la segunda y te esperarías en la puerta de la casa con balcones verdes, que es la mía. ¿Te gustaría que tocara el claxon para que salieras?. Me encantaría. Pues lo toco para ti. El claxon del coche suena y Juanjo lo ve. Igual que hace dos noches. Con el pelo despeinado y con cara de cansancio. Baja las maletas del coche y se acerca a él. Se miran. Y el chico sin nombre dice:
¿Te vienes conmigo a Madrid?
¿Y tu nombre?
No te lo voy a decir.

Amador Aranda Gallardo

Comentarios

Ariadna ha dicho que…
hola que tal! estuve visitando tu blog y me pareció interesante, Me encantaría enlazar tu blog en los míos y de esta forma ambos nos ayudamos a difundir nuestras páginas. además estoy segura que su blog sería de mucho interés para mis visitantes!.Si puede sírvase a contactarme ariadna143@gmail.com

saludos

Entradas populares de este blog

Casa David

Los indeseables.

Quién les hubiera de decir a las “galas de cine” que en unos años se iban a convertir en fenómenos de masas. Yo, que como aficionado al cine he visto muchas, puedo confirmar que excepto en el noticiario del día siguiente, los premios y las galas pasaban sin pena ni gloria, más allá del comentario popular de: esta ha ganado diez Oscars, o diez Goyas, y no es tan buena…o el vestido de aquella, o el disfraz con el que fue aquel...o la maldad de turno, que también las había...y las hay, y que en cierto modo siempre ha formado parte del visionado de las galas entre amigos: una diversión blanca que no salía del salón donde se veía la gala.
Pero las redes sociales y en especial Twitter, lo han cambiado todo. Las galas son el mejor momento y el mejor escaparate, para que las lenguas, a veces originales, y otras algo viperinas, comenten lo que está pasando en su televisión. Criticar una gala de cine sin saber de cine está a la orden del día. No hace falta ver las películas, ni conocer a los ac…

Las furias cotidianas.

Los viajes siguen siendo interesantes. Madrid sigue siendo interesante. Amigos, familia, visitas, cine, teatro. La lluvia nos recibe a nuestra llegada. La lluvia, y un apartamento en “la puerta del Sol” que no sabemos si nos gusta o no. Apenas sin tiempo nos vamos al teatro. Apenas sin teatro nos vamos al tiempo.  

“El gol de Alex”, la nueva obra de mi amigo Antonio Hernández Centeno. Ver obras de Antonio cada cierto tiempo en Madrid se ha convertido en un hábito muy agradable. En una excusa para volver. En una vuelta a la excusas. “El gol de Alex” es quizá la obra más personal hasta la fecha de Antonio, un texto lleno de dolor y desamor, que renace como el mismo autor, a una nueva vida, a un camino que será diferente, pero en el que se tiene que seguir caminando. Una comedia que es un drama, como las grandes comedias. Como los grandes dramas. Como la vida en la ficción.

Ficción también es la de “Selfie”, comedia, o drama, o simplemente una película sobre España, sobre la actual, o la …