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El árbol de la vida.


Rara vez se deja uno sorprender en el cine. Las series, y la televisión, la cultura de lo inmediato, los anuncios, la vida, que cada vez camina más deprisa. Rara vez nos acercamos al cine para mirarnos a nosotros mismos; el cine, un arte completo, y a ratos complejo, se instala cada día más en los beneficios que pueden darles los espectadores con su dinero, acostumbrándonos a no pensar, a que el cine sea sólo un divertimento con el que apartarnos de nuestros problemas, cada día más, para hacernos creer que no pensar es la solución de todo, cuando, lo contrario es un comienzo a tener en cuenta.

Uno no sabe como en Hollywood se puede dar una producción tan compleja, tan difícil, y tan hermosa como El árbol de la vida, y como Terrence Malick, se ha convertido en un bicho raro al que se le permite todo. Yo, si fuera productor, también se lo permitiría, porque Malick, sobretodo con esta última película, ha hecho una radiografía perfecta de la vida, contada de forma poética, casi como un poema, centrándose en una infancia donde todo se cimienta, donde lo que seremos empieza a tomar forma, y con cada mirada, con cada caricia, con cada bofetada, con cada palabra, nos convertimos en hombres o en mujeres de un futuro que en la infancia se intenta alcanzar con osadía.

A quién se atreva en estos días a ver la película, que no se espere algo fácil, algo sencillo. No lo es. La película está contada saltándose todo tipo de guión formal al que estamos acostumbrados, saltándose todas las normas cinematográfica tan buscadas entre los que jugamos a dirigir. Malick se lo permite porque su historia es tan potente, y él tiene tan claro lo que quiere contar, que soñar, es para él como un juego. Imágenes de una belleza inmensa pueblan la pantalla, y no hay respiro para que los ojos descansen. Todo está pensado, y nada es gratuito, ya que, el final es el principio de una nueva vida.

Hacía tiempo que no hacía una crítica de una película, pero realmente me sentí sobrecogido al acabarla, y quiero volver a verla, y volver a verla, porque lo que cuenta es universal, y es entendible en todas las culturas del mundo. La infancia, la juventud, la madurez, la muerte, los temas universales que en manos de Malick parecen nuevos.

Y es que, sin duda, a veces tomamos a la ligera la palabra genio. Genio del cine, no sé si Malick lo es, pero desde luego, El árbol de la vida sí que es una gran película, una película sin tiempo, una película que debería desde ya, ser patrimonio de la humanidad.

Y no exagero.

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