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País Vasco

Bilbao es nuestro norte. Redundante. Granada- Madrid- Bilbao. El avión se mueve como si los que estuviéramos dentro fuéramos gelatinas gigantes. Es la única vez que me asusto en un avión. Llegamos a Madrid. Llegamos a Bilbao. Mi iphone nuevo da problemas. Es lo malo de piratearlo todo. Mejor, así llamo menos. Bilbao tiene tan malas recomendaciones como Chernobil después de estallar la central. A nadie que conozcamos le gusta la ciudad. Habrá que comprobarlo todo. Cenamos en Bilbao, pero la ciudad no se deja ver todavía. 
San Sebastian es una ciudad esperada, al menos por mi. Nada más llegar me encuentro con Iñaki Font. Le robo una foto que la casualidad me hace con la cámara. La ciudad ya la conozco. Al menos el centro. Reconozco el hotel, el Kursal, todo lo relacionado con el Festival de San Sebastian al que todavía no he ido. Pero que iré. La ciudad se deja ver con una temperatura perfecta. Algo de frío que nos agrada. Lo recorremos todo. Subimos y bajamos, paseamos por la Concha, El peine del Viento. San Sebastian es preciosa desde el ángulo que se mire. Cansados, volvemos al hotel. Para ser un primer día no ha estado nada mal. 
Bilbao nos espera por fin. Los Bilbainos y Bilbainas son un tópico de ellos mismos. Amables y fuertes (eufemismos de la vida) Vemos Getxo y Portugalete, y me gustan. Me gustan las ciudades industriales, me gustan las rías llenas de grúas, me recuerdan a películas decadentes, a que allí se esconde la vida aunque parezca lo contrario. Bilbao centro empieza a crecer a medida que lo vamos conociendo. Nos gusta su eclepticismo, sus edificios dispares, con arquitecturas heredades que le dan un aire naif. La zona de la ría donde se encuentra el Gugemheim es maravillosa, es moderna, y se hace grande, y tiene pretensiones de serlo más. Bilbao tiene un corazón nuevo, y le circula estupendamente. La vida fluye a partir de ahí como nueva, pese a que esa zona estaba olvidada por gran parte de la ciudad. Un museo, la cultura, cambia por completo una ciudad. 
Nos levantamos para conocer Pamplona. Ya vamos retrasados en nuestro coche alquilado. Nos aperramos algo. Llegamos tarde, y además, uno de nuestros acompañantes no se encuentra del todo bien y después de comer, muy bien por cierto, optamos por volvernos al hotel. Pamplona no se deja ver por el momento, quizá en otro viaje. 
Santander es una ciudad que no entraba en principio en nuestros planes, pero Carmen al estar en Oviedo, decide visitarnos, y quedamos en un punto intermedio para vernos. Santander es una ciudad bonita, pequeña, pero bien cuidada, al menos, lo que los incendios le han dejado. Buscando un restaurante nos recorremos el centro y subimos unas cuestas de infarto. Paseamos por la playa, y nos montamos en un barquito que nos enseña la casa de Botín. En realidad, Santander por momentos parece su casa. Todo está lleno de su banco, de su fundaciones, de sus exposiciones...
Yo tengo muchas ganas de ver Santillana del Mar y decidimos ir a cenar allí y ver el pueblo aunque sólo sea un rato. El pueblo es de cuento, o de plató cinematográfico. Ahora, imagino que por su reclamo turístico, está cuidado hasta la saciedad, y ya no se distinguen cuales son las casas antiguas y cuales las nuevas, ya que parece que todas las construcciones nuevas tienen que imitar a las de antes. Cenamos y nos vamos de madrugada. 
Se nos van acabando los días, y como último decidimos ir a Vitoria, ciudad bonita, pero que el calor la hace insoportable. Decidimos para sofocarlo visitar un centro comercial a las afueras, que es es el centro comercial más horroroso del mundo. Impresionantemente feo. 
Acabamos las vacaciones con gran paseo nocturno por una ciudad como Bilbao, que disfruta de un renacer quizá merecido. La ciudad por la noche es aún más bonita. La ría tiene magia y lo sabe. Bilbao tiene magia, pero hay que saber esperar para verla. La paciencia siempre ha sido una buena y bonita virtud. 

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