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P.J. Harvey

Y sí, la elegancia tomó la forma de una mujer, vestida de blanco, y con voz privilegiada, a ratos tímida, a ratos seria, a ratos canalla. P.J. Harvey es ya una veterana en los festivales, una veterana en el mundo de la música, cosa difícil en los tiempos que corren.

Una propuesta escénica sencilla: dividido el escenario en dos partes. Una para sus músicos, que a la derecha, como una pequeña orquesta instrumentaban las canciones que a la izquierda, sola, cantaba P.J., casi siempre acompañada de algún instrumento que iba cambiando de canción en canción, y que daba señales de cual iba a ser la elección: las guitarras recordaban a su pasado más rockero, los otros instrumentos, más complicados, nos acercaban a sus últimos discos.

En realidad, P.J. Harvey, en parte, ha sobrevivido también a base de reinventarse. Sus primero discos, más rocks, más festivaleros, la movieron por medio mundo dándole fama de diva rock. Un cambio en su carrera la ha hecho ser grande, quizá algo más minoritaria (eso se notó anoche, ya que la gente pedía que subiera el volumen) pero mucho más interesante.

Let Shake England sonó casi al completo, salpicado también por algunos de sus éxitos. Quizá, por ponerle algún pero, me hubiera gustado escuchar más temas de White Chalk, pero también es cierto que era un concierto cerrado, y una propuesta muy concreta.

Y sí, la elegancia salió del escenario, de puntillas, sin ningún bis, sin despedidas, quizás llenó el escenario de hastaluegos, porque a P.J. Harvey le quedan muchos años de música, de conciertos honestos (lo que tienen que aprender algunos de esto, como los animal colective) de música de calidad, compleja, arriesgada en un mundo del rock, donde cada día más abunda lo fácil, lo rápido, lo olvidable.

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