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De nada.


Ella me dice que me acerque más, y que deje el coche delante de la señal. No me mira apenas, y muchos menos deja posar su mirada en el mismo ángulo al que yo miro. No es timidez, ni vergüenza, sino más bien una dureza aprendida con los años que la ha hecho convertirse en algo que no es, en una mujer que no es una mujer, que no tiene ya aspecto femenino pese a que, debajo del mono de trabajo, se intuye un cuerpo que en la intimidad, será convertido de nuevo a la feminidad.

Ahora todo es masculino. El entorno, donde los demás compañeros trabajan igual que ella; revisando coches, inspeccionando fallos, firmando negativas. La gente que llega a revisar sus coches. Las palabras, y el ambiente.

Es claro que mientras van haciéndole pruebas a mi coche su dureza hace que me sienta nervioso. En un principio, al verla aparecer, creí que sería mejor y que la sonrisa de una chica me tranquilizaría a mi también, que no sé por qué, estaba algo nervioso. Pero no fue así, todo lo contrario. Empecé a sentirme más nervioso si cabe a medida que me iba dando indicaciones, que me iba diciendo como colocar el volante, o las ruedas, o el cambio de intermitente.

Seguramente su primer día fue duro. Una chica guapa en un trabajo que siempre ha sido masculino. Quizá, su padre tenía un taller, y ella, para pasar los días, para acompañar a su padre, o puede que simplemente por vocación, empezara a trastear coche tras coche, hasta convertir un hobby en una profesión. Puede que también la ayuda a su padre no fuera suficiente, y tuviera que decidir si buscaba otro trabajo, o si se presentaba a una plaza para la inspección técnica de vehículos, o puede que, siguiendo los consejos de su madre y de sus amigas, hubiera decidido prepararse para ser peluquera, o qué sé yo.

Finalmente decidió lo que le gustaba. 

Una dureza en la cara aprendida, seguramente del primer hombre que la provocó al fallar en su trabajo con una frase hecha para la ocasión; mujer tenías que ser. O puede que no, que la dureza venga de la desconfianza que veía en la cara de los que allí llegaban, y pedían que mejor le revisara el coche un hombre. Quizá también los días acabaron por desmostrarle que el tiempo le es hostil, y que, quizá mañana todo sea diferente, pero hoy, tiene que utilizar unas armas en las que no cree, y tiene que coger por la mañana su máscara de ingratitud en lugar de pintar sus labios y acariciar sus ojos con el rimmel que a ella tanto le gustaría llevar.

No sé por qué, pero no desisto. No creo que yo sea uno de esos hombres que la insultarían en el momento más inoportuno, así que decido ser el mejor hombre que puedo ser. Simpático, y a la altura de una igualdad en la que creo. Me muestro como soy, ni más ni menos, y a medida que avanzan los minutos, consigo que de vez en cuando me mire cara a cara. Consigo que de vez en cuando las palabras no salgan de su boca con una voz inventada para la ocasión. Consigo, ya casi al final, que mi torpeza en los asuntos del motor le haga reír, no a carcajadas, pero al menos, cuando me despido con un gracias por todo, ella, me devuelve con una sonrisa un cariñoso, oportuno, y liberador: de nada. 

 

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