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Mostrando entradas de septiembre, 2010

Carmen

Carmen no es muy alta, sin embargo, mueve con gracia su cuerpo mientras descarga cajas de fruta, una detrás de otra: melocotones, tomates, platanos, que con destreza, se apilan en filas perfectas y  combinan perfectamente con sus palabras, que no paran de salir de su boca roja, delineada a la perfección pese a ser las nueve de la mañana: dice, siempre con una sonrisa, que con todo el trabajo que hace sería para estar más delgada; se queja, de que a ella nadie la ayuda a descargar, aunque prefiere hacerlo sola, ya que ella ha sacado su negocio con sus manos y  no le debe a nadie nada; suspira, pero esta es mi vida.
Carmen es de esas mujeres que son capaces de llevar con elegancia un traje y un chandal, lo segundo, lo usa por obligación, ya que es muy incómodo atender en la frutería bien vestida, sin embargo, cuando va a los ensayos del grupo de Teatro, siempre encuentra tiempo para ir arreglada, y que sus compañeros, no la vean como Carmen la frutera, sino, como Carmen, la actriz.
Pe…

Galicia y Madrid.

No sé si es cierto, no sé si me pasa sólo a mi, pero, al viajar uno se olvida de uno mismo y se entrega a lo que ve, se olvida de su propia vida, de su casa, de los que están y volverán a ser en unos meses, para adentrarse por un tiempo en un mundo diferente, para aprender siendo otro, para conocer a quién está delante y que ayer era alguién invisible, en costumbres y en rostro, en palabras.
Hoy no.
Las ciudades te reciben como extranjero y abren con gratitud su brazos para abrazar con fuerza, para que uno se sienta, por semanas, días, querido como en la casa a la que se volverá, y desgraciadamente, con los días, se olvidará poco a poco lo aprendido.
Uno aprende al viajar que la soledad es efímera, y que la individualidad, al final, provoca racismo, xenofobia, miedo al mundo.
Mi viaje sigue por Galicia, en Pontevedra, donde nos vamos acostumbrando de nuevo al Español y nos encontramos con el Gallego, ese idioma que nos recuerda tanto al recién abandonado Portugües. Quizá por su se…

Sintra, y Oporto.

Bordeamos la costa de Portugal. Sus azules se mezclan con los blancos que acompañan casi a pie de playa las casas que durante años se han ido construyendo para que el mar sepa donde tiene que llegar, donde tiene que pararse en su recorrido hasta la tierra. Aquí se puso el primer ladrillo, y hasta aquí es tu territorio, se dijo en el principio. Luego, como en todo, siempre hay una de las dos partes que incumple el trato.

La costa Portuguesa, a primera vista, o a vista muy rápida, esa de la que no te bajas ni del coche, se parece ligeramente a la costa Malagueña. Pero no es una opinión real, ni veraz, ya que nuestro destino es Sintra, y allí sí que miraremos con atención. Lo demás es palabra difusa.

Sintra nos acoge por unas horas. Los viajes a veces se hacen con palabras ajenas, y Sintra, gracias a Facebook ha sido recomendada con pasión por algún amigo. Comemos, y visitamos su Centro Histórico, inundado por Turistas. Es curioso como una ciudad puede  ser varias ciudades según la ép…

Lisboa

Atienda el visitante a lo que le rodea. Detenga su vista, que cansada, ha llegado a su destino, después de baches insalvables, caminos y desvíos, certezas que se volvieron realidades. Céntrese en el que al pasar le mira de reojo, en el que sin querer quiere enseñarle una ciudad abierta, amable, una vida en una ciudad, una ciudad donde la vida se respira, donde el empedrado se quiebra entre los pies y hace avanzar con un impulso inusitado, donde los recuerdos que nunca se vivieron se vuelven memoria en unos libros leídos, quizá olvidados, donde aún se huele a los autores, que dejaron una impronta invisible en las esquinas, en las fachadas, que escribieron palabras en una ciudad todavía por conocer.
Entre el viajero sin miedo en Lisboa, la ciudad está abierta para los invitados.


Lisboa se presenta en un día nublado, con un vergonzoso sol a la espera de que las nubes acaben su representación. El puente nos recibe, y nos deja entrar, atravesando una ciudad donde la novedad es una palabr…