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De tanto guiar.

La casualidad hace que en la semana pasada todo me lleve a Dreyer, director  Danés al que le presté mucha atención hace unos años, y que había olvidado algo.

Todo se olvida.

Le recomiendo a Miguel Angel Ordet, y le hablo de ella, y la recuerdo vagamente en la memoria, mala memoria la mía, ya que, la única vez que vi Ordet fue en una copia en VHS con subtítulos en Portugués...cosas de las vida.

A lo del Portugués volveré luego...

Así que como digo, la casualidad de la semana me vuelve a encontrar con Dreyer, esta vez, en forma de colección con cuatro películas y un documental sobre su cine, el cual adquiero. Por supuesto, lo primero que hago es revisitar Ordet, la cual descubro como nueva, porque, lamentándolo mucho, y mal que me pese, es una película compleja que la edad temprana puede jugar la mala pasada de no hacerla entender. Y yo, como joven que se acercó a  ella, no la entendí. Tampoco me arrepiento, aunque ahora intuyo que debería acercarme de nuevo a otras películas...todo a su tiempo.

Ordet es una película profundamente religiosa, y por encima de todo, es la historia de un milagro, y de como la fe, o la locura, pueden mover montañas. Y digo lo de la locura, porque el personaje de Johannes roza la locura, algo quijotesca, ya que el exceso de religión ha hecho que se convierta en un Jesucristo terrenal que va dando la buena nueva a todo el que se le acerca.

Descubrí un gran logro al volver a ver la película, y es como Dreyer pasa de la risa que puede llegar a provocar en un principio Johannes, al respeto que se le profesa al acabar la cinta, dando un vuelco a todo el guión, y llevando al espectador al límite de la misma fe que los protagonistas anhelan. Complicado el guión, sin duda, al que la primera vez le preste menos atención, quizá cegado por esas imágenes tan bellas que siempre provoca Dreyer, y que desde luego, lo han hecho famoso en la historia del cine.

La religión sin duda es un tema complejo de tratar, ya que, al más mínimo ataque, la Iglesia católica saca sus peores armas, y contraataca, a veces, con absurdas e infantiles respuestas. En los últimos años el cine, o la literatura, (Los Da Vinci esos...) intentan poner en guardia a la iglesia católica, o atacarla, lo malo, es que también utilizan discursos trasnochados, y la mella en la iglesia es casi inexistente, haciendo que además, salga victoriosa de esos ataques tan poco premeditados.

Hace unos días murió José Saramago, creo que esto lo sabe casi todo el mundo, ya que ha llenado los diarios y las noticias de todo el planeta. Se han dicho muchas cosas y claro está, la Iglesia también ha tomado partido en el asunto. Me resulta curioso que, la Iglesia, que siempre habla del amor al prójimo y de poner la otra mejilla, en lo que respecta a la muerte de Saramago, haya sido tan maleducada, y no haya tenido más que palabras de odio hacia el escritor, que ya, lamentablemente, no podía defenderse. Algo le tuvo que molestar mucho para que ahora con su muerte, hayan escogido esa actitud tan poco habitual, y tan poco políticamente correcta.

Admiro mucho a Saramago, y digo admiro, porque para mi no hay un tiempo en que Saramago ya es pasado, sino que seguirá conmigo en los días, al menos, hasta que acabe de leer todas sus novelas, que son muchas, y aún me quedan, y que, como los grandes, son capaces de encontrar caminos, y rumbos a los que nunca se había llegado antes, y encender en el lector pequeñas luces en ese camino de oscuridad que es la propia vida. Quizá por eso la Iglesia anduviera tan enfadada con Saramago, porque ilumino o intentó iluminar caminos que a ella le gustaría que siguieran oscuros, al fin y al cabo, siempre han vivido de esto, del desconocimiento humano.

Yo ahora me quedo con una imagen preciosa que se ha producido en su entierro, y es la de la gente con los libros de Saramago en la mano, con sus palabras, diciéndole que se quedaba con ellos, que sus historias, sus consejos, su luz permanecia para siempre en sus pensamientos, libro tras libro tras libro, libro que había iluminado el mundo y que moría, para siempre, de tanto resplandor, de tanto iluminar, de tanto guiar.

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