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La memoria lastrada.




Desde pequeños se nos enseñan que lo que tenemos, lo poco que nos regalan, nuestros pequeños tesoros, ya sean libros de aventuras, o un reloj barato, o un juego de mesa, debemos de cuidarlo, protegerlo, porque si se rompe, lo echaremos en falta, lo añoraremos cuando todavía no hemos aprendido a decir la palabra añorar. Se nos enseña que hay que cuidar la casa donde vivimos, recoger nuestro cuarto, ordenar nuestros juguetes; se nos habla del orden, y se nos insta a cuidar, en lugar de destruir, verbo que va más acorde con el ser humano, desafortunadamente.

De la casa, al colegio: también hay que cuidar los libros que tenemos, forrarlos para que así duren más, y puedan pasar de hermano a hermano, o vecino. Yo heredé muchos libros, ya subrayados, con nombres en sus portadas, y con declaraciones secretas en su interior: libros que sin querer me unían a la persona de la que habían sido dueño, y que, por lo general, yo volvía a dejar, una vez pasado el curso, e imagino, que la unión seguía también en sus dueños futuros.

Del colegio a la calle: ni que decir que se nos habla de cuidar nuestras calles como si de nuestra misma casa se tratase. ¿Eso lo haces en tu casa?  Se nos dice que cuidemos, que no tiremos basuras, ni que escribamos en las paredes...cosa tan difícil para un niño. La calle es de todos, se aprende pronto. Cuidemos lo que tenemos, me enseñaron a mi. Yo lo aprendí bien. O al menos eso quiero creer.

Y sí, también nos enseñan que los edificios antiguos, nuestro Patrimonio, nos une al pasado, a lo que fuimos, como si de un libro prestado se tratase, y  que esa unión nos hará entender mejor a los que un día estuvieron aquí, y en el fondo, entendernos a nosotros, y dejar los lugares intactos para los que vendrán y necesiten también mirar, captar, observar para entender.

Las huellas de los que se fueron están en cada una de las esquinas de los pueblos y las ciudades; en las calzadas de piedra, que tan mal sientan a los zapatos planos y de plástico cuando se pasea el pueblo con los amigos de fuera, enorgulleciéndonos como si de nuestra casa se tratase; huellas en los edificios, ya sean públicos, o de las casas privadas, en sus fachadas, que intentan, encalado tras encalado, recuperar su relumbre original, y llenar de vida a los estrechos callejones que en verano dificultan la entrada del sol, y del insoportable calor; y las huellas del interior de los edificios: en los de las iglesias, o en los edificios civiles, en los antiguos mercados, en los cines que ahora permanecen cerrados a la espera de ser quizá demolidos...

Me sentí hace muchos años un privilegiado cuando un amigo en mi adolescencia nos enseñaba a unos cuantos “El Hotelito”. Su abuelo, por lo que nos dijo, cuidaba la casa, y gracias a él, pudimos entrar en una de las mansiones más bonitas de Martos. Quizá la juventud hace que todo se recuerde con más fuerza, o quizá yo ya estaba sin saberlo interesado en el arte, o no sé, quizá mi sentido común me decía que lo que veía tenía un gran valor, o al menos, provocaba en mi sentimientos y emociones diferentes, pero que en el futuro sentiría siempre al observar la belleza. Recuerdo casi de memoria que me conmocionaron sus frescos que en el dormitorio inundaban toda la habitación, dotándolo de personalidad. Recuerdo las preciosas Teselas que a modo de puzzle recorrían por el suelo muchas de las habitaciones. No recuerdo los azulejos, pese a ser una de las características principales de los edificios de su arquitecto, Anibal González, al cual siempre se le recuerda por ser el creador de la Plaza de España de Sevilla. 

Durante años he vivido con el recuerdo del Hotelito, y cuando lo enseñaba por fuera, siempre comentaba lo bonitos que eran los frescos, el suelo, las escayolas que adornaban muchos de sus cuartos, e incluso, sus maravillosos techos de madera. En mi memoria el Hotelito era un gran edificio, además, las publicaciones como Aldaba nos lo enseñaban de nuevo a la espera de su pronta rehabilitación.

Aún no se ha abierto al público como Biblioteca, carácter que adoptará el edificio en unos meses. Sin embargo, como en mi adolescencia, otro amigo me ha enseñado el edificio. No recuerdo si iba nervioso, pero sí expectante. Quería ver el resultado, y como la rehabilitación había vuelto a dar un aire de “nuevo” al edificio: imagino que esperaba ver con los ojos de su dueño el mismo día de la inauguración. Pero no ha sido así:sin duda, habría que empezar a distinguir con más empeño entre las palabras “Rehabilitación y Reforma”, porque realmente es la segunda la que se ha utilizado en el Hotelito. Apenas queda ya ningún fresco, excepto el de la habitación del Te (creo que se llama así), que ha sido restaurado por Gustavo de manera maravillosa. Se han cambiado los maravillosos suelos con las Teselas, por un marmol blanco que, aunque le aporta luz, y limpieza a toda la estancia, no es nada comparado con el original. Todo es nuevo, y es bonito, y será un estupendo edificio para la nueva biblioteca, que estoy seguro que sus técnicos sabrán aprovechar, y utilizar con inteligencia, pero el alma del pasado se ha perdido, las miradas de los que una vez estuvieron, dueños, militares de la guerra civil, es difícil buscarla; la vida ha pasado a ser otra vida, no sé si mejor, no sé si peor, simplemente se ha convertido en un edificio donde la memoria está lastrada, y es incompleta. Donde lo nuevo oculta lo que fue, y que tan necesario es no perder.

¿Qué pasará con nuestro pasado cuando nadie pueda apoyarse en los edificios para recodarlo? ¿Qué pasará cuando los que nos vamos dejemos lastradas las calles, y los edificios, y los que vengan no puedan mirar lo que fuimos, lo que fueron, lo que ellos mismos serán?
¿Qué pasará con nuestro Patrimonio, si no sabemos cuidarlos, ni protegerlo, si no sabemos cómo mirarlo, si no sabemos cómo admirarlo?

Me queda el pasado.
Me asusta el futuro,
Me agarro a la memoria cada vez más lastrada, más pesada. más difusa.

Las fotografías son de Antonio Estrella López, de su artículo, Un Edificio para disfrutar, publicado en la revista Aldaba.

Comentarios

D´Paula ha dicho que…
Me gusta mucho el enfoque y la forma que das a tus escritos, tus artículos. Paso muy a menudo por tu blog aunque casi nunca comento. Me he decidio a hacerlo para expresarte que, gracias a personas como tú, se crea un referente de cultura, diálogo y aprendizaje expuesto a los demás de la forma más altruista, es decir, cediéndonos tus palabras y tus reflexiones. en definitiva me gusta mucho el blog y, con tu permiso, lo pondré en los enlaces del mío al que, sin lugar a dudas, quedas invitado las veces que quieras sintiéndome halagado con tus visitas y privilegiado si tienes a bien comentar algo o ponerme también en tus enlaces.
Un saludo
Amador Aranda ha dicho que…
Muchas gracias D´Paula. Ya te he añadido también a mis enlaces, y entraré también en tu blog para leer tus entradas, y comentarlas.
Un saludo.
D´Paula ha dicho que…
La rapidez de estos comentarios es debido a que ambos estamos ahora mismo en el ordenador jejee. Te invito, aprovechando la ocasión a que visites también, si no te gusta mucho el tema poético, mis otros blog D´Paula: Dos puntos y D´Paula Cofrade.
Un saludo
Amador Aranda ha dicho que…
Bueno, yo llevo el ordenador casi siempre a cuestas, y es que el ipod va conmigo...
Le echaré también un vistazo a tus otros blogs, claro que sí.
Un saludo.
Ricardo Baticón ha dicho que…
Hola Amador

enhorabuena por este post, como siempre escrito por tu elegancia y naturalidad que te caracteriza... Grandes recuerdos de nuestra infancia.

Por cierto, ví hace poco AFTER, que hablaste sobre ella no hace mucho... y me impactó, me la esperaba más light, tipo comedia... Es durilla y muy real, me gustó.

Saludos!
Amador Aranda ha dicho que…
Gracias Ricardo. Me alegro que te haya gustado After...la verdad es que la ha visto muy poca gente...en fin. Un saludo.
combatientes70 ha dicho que…
Una gran reflexión, amigo... me ha dado mucho miedo cuando cuentas que el suelo es de marmol blanco... no sé porque he sentido que estaba en un cementario lleno de muertos sin nombre... ocultados...

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