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Venganza Kármika

Marta creía en el karma, y como creyente, justificaba su éxito al bien que durante años había hecho a sus padres, a infinidad de amigos, a no pocos conocidos y a muy largos etcéteras.

Carlos también había aparecido mecido por el azar, y Marta se dejaba querer, amar, proteger entre sus brazos musculosos, y sus piernas de atleta griego. Era una suerte el haberlo encontrado, al igual que la suerte la había llevado a ser una actriz de éxito, y la había hecho viajar por el mundo acompañada por su amado; éxito que había hecho que ella lo despreciara por primera vez, con una copa de champán entre sus dedos, insultando su talento con pocas palabras: Tú no vales para nada; Siempre estarás a mi sombra; Nunca te acompañará el talento.

A Carlos le bastaron tres años de insoportables insultos para dejarla, escondiendo en el odio cada una de sus maliciosas y venenosas palabras. Carlos, como catarsis para la cura, se había ocupado de reproducir sus insultos por cada uno de los platos de televisión en los que le pagaban sumas de dinero astronómicas.

Carlos no creía en el karma, y como no creyente, justificaba su éxito en el fracaso de ella, que con injusticia, sin premeditación, y por sorpresa, comenzaba a pagar su presente vida kármica.

Comentarios

ma ha dicho que…
no se, no se, a mi lo del karma me parece que está mál gestionado...
Amador Aranda ha dicho que…
jaja...es lo que tiene el karma, jaja.

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